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Escribe, Emile Poulat, uno de mis pensadores de cabecera, que “la cuestión que se le plantea hoy a la Iglesia (católica), a su jerarquía, a sus fieles, es la de saber que adviene en un régimen de laicidad pública que parece cantonarla en su vida interior, régimen de libertades públicas que, a la inversa, llama a la participación en la cosa pública según las convicciones de cada uno es”.

Personalmente abogo por un Estado laico donde la imprescindible separación del Estado (con soberanía legislativa en los diferentes Parlamentos de la España Autonómica compartida, con la del Parlamento de Estado) respecto de las normas y pronunciamientos de las Iglesias, especialmente, dado su peso, de la Católica, no conlleve una privatización de las manifestaciones religiosas, recluidas en sus templos, centros educativos propios, de ocio, trabajo o de lo que sea. Lo que muchos cuestionan en nuestros días. Así, en tono menor, nadie se extraña que un claval lleve una insignia de la Real o del Barça en su solapa, pero sí una cruz o una media luna. Aunque no hemos llegado a la situación francesa donde, en los edificios públicos, una mujer no puede llevar el llamado velo islámico pero si, por ejemplo, una camisola con la efigie del “Che”.

La garantía de la libertad de conciencia solamente es posible en un estado laico. Lo que no es posible ni en un estado confesionalmente religioso o teocrático como, tampoco, en otro que sea confesionalmente ateo o laicista, en el sentido de que entienda que hay que emanciparse de lo religioso para ser un buen ciudadano y, en todo caso, que la dimensión religiosa debe limitarse al ámbito privado.

Nunca habrá normas perfectas. Menos aun definitivas. Las normas y los valores los vamos construyendo día y a día. Demasiadas veces con imposiciones. De signo diverso. La historia de España y de Euskadi es testigo de ello. Necesitamos la virtud de la tolerancia activa, la que ve en el otro más que un individuo, más que un ciudadano: una persona con una autonomía de conciencia inalienable. Que solamente puede expresarse (y debe defenderse) en un Estado laico que ni privilegie, ni excluya, lo religioso en la plaza pública.

De estas cosas deliberamos este sábado 22 de febrero, en Pamplona en un encuentro organizado por Solasbide-Pax Romana de Navarra. Tras una breve exposición mía, un grupo de unas cuarenta personas de horizontes religiosos, políticos y sindicales muy diversos, así como profesores, profesionales y personas interesadas en la dimensión pública del fenómeno religioso intercambiamos nuestros puntos de vista. Prácticamente todos intervinieron con sus puntos de vistas, claramente expuestos y en respeto al de los demás. Fue un encuentro enriquecedor del que salí con un excelente sabor de boca y preguntándome por qué encuentros de este calibre, entre personas que tenemos opciones religiosas, políticas y sindicales diversas, no proliferan. Encuentros donde nos escuchemos, diciendo cada uno, con claridad, sus puntos de vistas, sin pretender convencer al otro de que mi posición es la única valida en nuestra sociedad. Sin ocultar nuestra diferencias ahondar en los que nos une.

Traje a colación en mi exposición este fragmento de un diálogo entre Cazelle, decano de teología de Lyon y el filósofo ateo Comte-Sponville, cuando este último afirmaba que “Cazelle y yo no estamos separados más que por lo que ignoramos: ni él ni yo sabemos si Dios existe…aunque él crea en Dios y yo no. Pero estaríamos locos si concediéramos más importancia a lo que ignoramos, y nos separa, que a lo que ya sabemos, tanto él como yo, y que nos reúne (…) a saber, la fidelidad común a lo mejor que la humanidad ha producido o recibido”.

Esta idea fue muy bien recibida por los asistentes al encuentro de Solasbide-Pax Romana de este sábado en Irunea-Pamplona y creo que resume bien el espíritu de nuestro encuentro