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Hemos iniciado la cuaresma con la noticia de la renuncia del Papa, y en clave cuaresmal, en clave Pascual, quisiera leer su decisión en esta hora tan difícil para la Iglesia y para la humanidad.

Jesús durante este tiempo, leeremos en los evangelios que nos presenta la liturgia, va anunciando a los suyos, que “subimos a Jerusalén” y que allá el Hijo del hombre será, perseguido, maltratado, juzgado injustamente y que finalmente le matarán…..

 
Y mientras Él les anuncia cuál será su suerte, sus discípulos, sus amigos más íntimos, no entienden nada de su mensaje, pareciera que no hubieran compartido con Él aquella experiencia vital durante sus años de vida pública, y se pelean por los primeros puestos, sobre quién será a su derecha o a su izquierda. Y  mientras Jesús siente la urgencia de celebrar su Pascua con ellos, clama y reclama la unidad: “Padre que sean uno”; y suda sangre, y pide al Padre aparte de Él ese cáliz…. Pero Él no renuncia a aquello a lo que vino: a servir y a dar su vida. Y por eso les lava los pies, parte, comparte y reparte su Pan, y les pide que hagan lo mismo en recuerdo suyo. Y finalmente, muere –lo matan- por no renunciar a comunicar y anunciar el amor incondicional, gratuito y fecundo de Dios; un amor que abraza a todos, más allá del templo y por supuesto, más allá del imperio.
 
Y Jesús, solo, desnudo, abandonado de los suyos, víctima de una alianza entre judíos y romanos –el poder religioso y político- deja este mundo de forma violenta –le matan- porque el grano de trigo debe morir para dar vida… Y Él, viviendo sin retener, la da libremente.
 
¿Nos suena? Benedicto XVI, cansado, sin fuerzas, pero con una lucidez innegable y sobretodo con una gran humildad, decide seguir su camino de fidelidad, y por eso, movido por el Espíritu, sabiendo que el Reino de Jesús, no es de este mundo, presenta su renuncia al poder, y se hace servidor desde el silencio y desde el ejemplo. Seguramente los sentimientos de su corazón tienen mucho que ver con los de Jesús en esta subida a Jerusalén, y por eso, a sus manos ha sido capaz de encomendar su decisión, su Espíritu y su vida.
 
Un Papa cansado, seguramente como Jesús, con tristeza por las luchas de poder y las ansias de primeros puestos de algunos de los suyos, continua su camino y habiendo experimentado en su propio Getsemaní el abandono, la tristeza y el límite de sus fuerzas, se pone en manos del Padre y se retira, ¡a lo hondo del surco!, al silencio y a la soledad.
 
La Pascua está en nuestro horizonte. La esperanza despunta en la certeza de un mañana mejor. La alegría de la vida nueva nos invade, y no podemos menos que continuar con gozo, subiendo a Jerusalén a celebrar, cada uno, unido a Jesús, su Pascua, que es la nuestra, si amamos sin egoísmo y si somos capaces de renunciar para dar vida.
 
Lo importante, lo realmente importante, no es ni Benedicto, ni Juan, ni Pablo, ni ningún servidor, sea cual sea su nombre y su puesto de servicio. Lo importante, lo único realmente importante, es que el amor de Dios se sigue derramando en nuestro corazones, que estamos llamados, cada uno, desde su sitio a vivirlo y a contagiarlo, y que en la dinámica de ese amor, y solo ahí, nos jugamos nuestra felicidad y la humanización de nuestro mundo.
 
Que la vida de Jesús, el Dios de la vida, se despliegue en nuestros corazones, destruya los muros que nos separan, nos transforme en servidores, los unos de los otros, para que de una vez por todas nos amemos como hermanos, porque solo así el mundo creerá que somos discípulos suyos.
 
Dejemos que el Espíritu abra las puertas y las ventanas de la Iglesia, que sacuda el polvo que se ha ido acumulando con el tiempo y con las añadiduras que han ido poco a poco opacando el Reino querido por Él. Que el Espíritu renueve la atmosfera que respiramos, que ponga el colirio del amor en nuestras pupilas y que dilate nuestro corazón para que en la Comunidad de los amigos de Jesús, todos se sientan invitados y convocados para celebrar el banquete de la vida.
 
Ah! Y posiblemente, lo mejor, no es hacer quinielas para ver quién será “el elegido” para suceder al Benedicto. No nos olvidemos, que si el Espíritu sopla dónde quiere, cualquiera, inclusos que esté fuera del cónclave ¡puede ser el “elegido”, aunque la única “elección importante” es la vocación a la que cada uno ha sido llamado y por la que debe responder… En esa, no hay política, no hay apariencia, no hay poder: estamos solos con el Dios solo. Y eso, ¡vale más que la vida!