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Queridos amigos:

Mi saludo llega este año con un poco de retraso, y en esta tarde-noche del día de Navidad, cuando el misterio de lo celebrado reposa en el silencio contemplativo del Monasterio, me urge la necesidad de abrir mi corazón y compartir con vosotros, la vida que fluye del pesebre que cada día contemplo en la vida de los humillados y empobrecidos –los de cerca y los de lejos- y que cada año descubro presente y apremiante “en la cueva” en la que tuvo que nacer “uno de tantos” para el que no había sitio en ninguna posada.
 
El misterio desnudo de la pobreza contemplada, cuando el cansancio se hace presente en la lucha, aviva hoy mi deseo y mi pasión por vivir por aquellos que Dios puso en mi camino y me regaló como hermanos, y que hoy siento condenados a la desesperanza porque han sido expulsados de la posibilidad de vivir con dignidad.
 
Nunca imaginé que la opción que un día hice, cuando aun era una niña, de seguir a Jesús pobre, llegara a tener tanta fuerza en mis entrañas y fuera a convertirse de forma radical, en la causa de mi existencia, poniéndome al lado de los eternos perdedores de la historia. Un día dí mi palabra, y esta palabra siento que ha sido cogida y tiene la fuerza de una alianza indisoluble sellada con Dios y con su pueblo: con la humanidad.
 
Hoy siento que por fin, no tengo vida propia, porque mi vida son vidas y porque la mía ya está expropiada para servir sin reservas a la causa de la justicia y la paz.
 
Contemplando el misterio de la Navidad, entiendo que ser pobre, me hace ser libre; libre de forma radical, porque por fin, “ya no tengo nada que perder”, porque hace tiempo que todo, todo, está entregado. Y habiéndolo entregado todo para vivir sin retener, para dar y para darme, ya nada ni nadie me puede quitar la dicha profunda y serena que experimento al sentirme rica y afortunada, porque solo tenemos lo que somos capaces de dar, y yo tengo el corazón lleno de nombre, de gestos, de historias, de causas, de vidas.
 
Jesús, el profeta de Nazaret, el gran enamorado de la humanidad, el amigo de los pobres, a fuerza de darse sin medida, me enseñó que es verdad que a la vida nadie nos la quita, la damos libremente para vivir en libertad. Y en la lucha a muerte por la vida, experimento el gozo inmenso de ver que germinan oportunidades, florecen complicidades y estalla la utopía de un mañana mejor, de una nueva humanidad.
 
Hoy celebramos la Navidad, que no es otra cosa que la fiesta de la solidaridad y la humanización de nuestro Dios, que quiso vestirse de carne humana, “hacerse uno de tantos” para enseñarnos, plantando su tienda entre nosotros, el arte de humanizar la humanidad.
 
Hoy, al calor y al abrigo de la luz que nos llega de Belén, una tierra que lucha por la paz y que se desangra en una guerra fratricida que parece no acabar, me atrevo a soñar con una humanidad vestida de sencillez y despojada de poder; con una comunidad servidora, ajena a dogmas y moralismos y desbordada por la bondad inconmensurable de Dios que todo lo hace nuevo, y que llama a nuestro corazón para pedirnos que obremos juntos el milagro de compartir lo que somos y tenemos, para transformar la vida del planeta y posibilitar la vida y la dignidad de nuestros hermanos de cualquier raza, País o condición.
 
Hoy escribo con el corazón agradecido. Sois muchos, y cada uno irrepetible, los que me ayudáis a escribir una historia muy bonita de solidaridad y justicia; y sois muchos los que me dais cada día razones y motivos, fuerza e ilusión para no desesperar de una tierra en la que la fraternidad sea la base de la convivencia, el respeto y el amor. Vosotros sois, junto a mi fe, que hoy confieso, es mi esperanza, los que me ayudáis a vislumbrar en el horizonte el final de la injusticia y la marginación, de la exclusión de tantos hermanos nuestros, visualizando cada vez con más nitidez el sueño de una humanidad reconciliada.
 
Os confieso que la causa de los pobres y sus vidas, son la causa de mi vida, y que nada hay, hoy por hoy, más importante que ellos. Creo que si no les sirvo, traiciono, y que si pacto con la mediocridad, mi vida no tiene sentido. Por eso, hoy os pido, que me sigáis ayudando a luchar, a trabajar, a pedir, a suplicar, “a ser la voz de los que no tienen voz”, a darme sin reservas, y a acelerar la llegada de un nuevo orden en el que por fin todos vivamos con dignidad.
 
Os confieso que me hace daño contemplar el rostro de la pobreza y la miseria en tantas personas que hoy pueblan nuestras calles y se beben las lágrimas amargas de la indiferencia, del abandono, de la exclusión. Me siento incapaz de verles y no reaccionar; de saber de su dolor y no poder hacer nada o de poder hacer muy poco. Por eso hoy, que es Navidad, y que algo nuevo está naciendo, os pido, os suplico, os ruego, en nombre del Dios de la vida que dejéis que el fuego de la justicia devore las entrañas de vuestra “tranquilidad” y os preguntéis: ¿Y yo, qué puedo hacer para que otro esté un poquito mejor?
 
No vale dar de lo que sobra, es preciso poner toda la carne en el asador, y os lo aseguro, veréis cómo, compartiendo, vuestra vida rebosa plenitud.
 
No podemos ser humanos y soportar la injusticia. Hoy es el día, ya ha llegado, de dar un paso más y comprometernos juntos por transformar el mundo; es este el momento de conspirar contra la intolerancia y la agresión a los derechos humanos para instaurar de una vez por todas la convivencia y la paz; es esta la hora de sentirnos corresponsables y hacer todo lo que esté a nuestro alcance para regalar bondad, ternura, comprensión, tolerancia, acogida…..
 
Confío en vosotros. Sé que no estoy sola. Esta es nuestra causa. Si la asumimos como propia, la esperanza, no podrá fallar y estoy segura que experimentareis que la felicidad de vuestros corazones es incontenible y contagiosa.
 
Feliz Navidad y un 2013 lleno de buenas noticias y bendiciones, en el que no falte la salud, la alegría, la paz.
 
Gracias por estar ahí y por caminar.