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(publicat a La Vanguardia d'ahir 18.11.2010)

En un bosque cercano al santuario  de Santa Maria del Collell se levanta una modesta cruz de piedra en memoria de los 48 prisioneros que en los últimos días de la guerra civil española fueron fusilados por orden del general Enrique Líster, al mando de las tropas republicanas que se retiraban hacia la frontera. Es el episodio que describe Javier Cercas en Soldados de Salamina,la novela que trata de la mirada que se cruzaron el fundador de Falange, Rafael Sánchez Mazas, y el miliciano que le descubrió escondido tras unos matorrales pero decidió no denunciarle y salvarle la vida. Ahora, setenta y un años después, un grupo de radicales del Pla de l´Estany pide que se derribe la cruz por su significación franquista, en una campaña que cuenta con el asesoramiento del Cens de Simbologia Franquista que promueven el Memorial Democràtic i el Departament de Medi Ambient i Habitatge.

En su novela, Cercas enfrenta libremente a los protagonistas a sus propias decisiones morales, al margen del bando al que pertenecen. Es indiscutible que la razón histórica y política estuvo siempre del lado de la República, que contaba con la legalidad democrática. En este sentido, los republicanos fueron los buenos. Sin embargo, tanto en el frente como en la retaguardia, los españoles actuaron bajo sus propias convicciones morales y sus actos fueron buenos o malos, independientemente de su adscripción.

Los sectarismos no han desaparecido a la hora de abordar el recuerdo de la contienda. Lo hemos visto durante meses en el atroz ensañamiento de la derecha radical con muchas familias de soldados republicanos y de represaliados franquistas, que sólo quieren llorar dignamente sus muertos. Y lo vemos con la iniciativa que pretende derribar la cruz del Collell. En ambos casos, cuesta entender qué sentimientos impulsan tales despropósitos, porque a mí, últimamente, me asaltan los sentimientos contrarios: me duele haber sido tan insensible y no haber reparado antes en los vergonzosos comportamientos de algunos de los combatientes que consideré los míos, porque eran los del bando republicano con los que decidí identificarme.

El día exacto en que cumplí nueve años, el 2 de octubre de 1963, llegué al Collell para estudiar como interno el bachillerato elemental y pasé por primera vez junto a la cruz que recuerda a los fusilados. Durante cinco años crucé cada día la capilla donde las tropas de Líster encerraron a parte de sus dos mil prisioneros. También cada día pasé frente a un muro en el que están grabados los nombres de 182 sacerdotes de la diócesis de Girona asesinados durante la guerra. Hacía sólo 23 años de estos trágicos acontecimientos y sin embargo nunca fui consciente de ellos. Hasta que, mucho después, regresé de visita al internado y lamenté profundamente mi falta de interés, de curiosidad y de respeto. Y me avergoncé de ello.

La misma vergüenza que sentí el día que el abad de Montserrat me mostró los trabajos de restauración de la sala capitular y me vi interpelado por las pinturas de Pere Pruna, que representan a los 23 monjes del monasterio benedictino asesinados durante la guerra.

O cuando leí por primera vez el diario de Mossèn Fernando Forns, que dejé durante algún tiempo en un cajón, porque no creía que pudiera interesarme la historia de un sacerdote que dirigía una escolanía infantil. Pero un día tropecé con las cartas de agradecimiento de familias judías a las que ayudó a escapar de la cárcel de Girona y a refugiarse en Estados Unidos. Sólo entonces abrí el dietario y me emocioné desde la primera página, en la que relata la noche del 20 de julio de 1936, cuando a las dos de la madrugada subió al terrado con su madre - mi bisabuela-y vio varias columnas de fuego que iluminaban dramáticamente la noche de Girona. Mi tío abuelo se estremeció porque comprendió que los incendios coincidían con el emplazamiento de las iglesias y de los conventos. De pronto oyeron un ruido y se asomaron a la carretera de Barcelona a tiempo de ver los camiones del ejército republicano que se retiraban a los cuarteles, dejando la ciudad a merced de los incendiarios. Justo en este instante comenzaron a repicar las campanas de los conventos. Las monjas pedían socorro, pero nadie acudió en su auxilio.

Esto pasó en la España de los años 30, en la que antes hubo un sangriento levantamiento militar contra la legalidad democrática y después un feroz ensañamiento con los perdedores. Algunos alargan miserablemente el dolor de la represión hasta nuestros días, negando a muchas familias su derecho a identificar, enterrar y reivindicar a sus seres queridos. Las familias que han pasado por ello saben que no hay peor dolor que no poder enterrar a los muertos, seguramente porque hay en nosotros algo ancestral que nos obliga a procurarles el descanso eterno. Pero esa verdad tremenda no da derecho a golpear a las familias de otras víctimas, como las del Collell. Espero que la Generalitat desautorice la campaña contra el monumento. Desde mi libre adscripción republicana asumo una vez más mis culpas y pido perdón por los crímenes que los míos perpetraron contra la libertad religiosa o de ideas, en una campaña que hoy calificaríamos directamente de genocidio. Y espero de otros el mismo esfuerzo, algo de autocrítica y las mismas condenas.