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El president del Congrés dels Diputats respon a Fra Octavi Vilà (març 2010); foto d'El Punt.

El domingo, 14 de marzo, don José Bono Martínez, Presidente del Congreso de los Diputados, acompañado de Teresa Cunillera, vicepresidenta del Congreso, visitaron el Monasterio de Vallbona y luego el de Poblet donde realizaron una visita al recinto y compartieron la comida en el refectorio con la comunidad. Con ocasión de su presencia en en el monasterio concedió la siguiente entrevista a Fra Octavi Vilà, monje de Poblet.

Muchas gracias, señor Presidente, por acceder amablemente a contestar nuestras preguntas. Seguro que sus palabras de cristiano y de ciudadano comprometido en la vida política, ahora al frente del Congreso de los Diputados, serán de gran interés para los laicos vinculados a nuestro monasterio.

- Señor Presidente, quizás durante los últimos meses se ha demostrado hasta qué punto es difícil para un cristiano participar hoy en el debate político, el alto precio que debe pagar si mantiene una línea de independencia de criterios respecto a directrices concretas de la Conferencia Episcopal y de la línea de su partido en algún punto. El Concilio Vaticano II renunció a los partidos confesionales, la Conferencia Episcopal Española lo ratificó en 1973 en el documento “La Iglesia y la comunidad política”, y se invitó a los católicos a participar en el juego político desde las diversas opciones. ¿Cree válida esta línea en la actualidad y en todo caso cree que sigue siendo esta la postura de la Iglesia? ¿Hasta que punto puede y debe ser “independiente” un católico “metido en política”? ¿Puede y debe desmarcarse un político de la línea, o disciplina si se quiere, de su partido por cuestiones de conciencia religiosa?

- En primer lugar, si nos atenemos al criterio de algún miembro de la jerarquía de la Iglesia española, no es difícil ser cristiano y dedicarse a la política, siempre que la política sea de derechas. Es más difícil pertenecer a la Iglesia católica en España de modo pacífico y sin traumas, si se pertenece a un partido como el mío, el partido socialista, al que algunos jerarcas de la Iglesia miran con recelo. Y en este sentido, creo que se equivocan, porque si fuera incompatible ser cristiano y ser socialista, habría que cerrar la mitad de las iglesias de España, y, probablemente, la mitad de las agrupaciones locales del PSOE. Yo estoy en contra de los partidos confesionales y en esto creía que el Concilio Vaticano II me amparaba. Y también pensaba que la doctrina Tarancón era la correcta, en la medida en que el cardenal era contrario a una Constitución donde se consagrara el principio del Estado con fesional, aunque me han contado de muy buena fuente que, al acabar el Cónclave que eligió a Juan Pablo II, el cardenal Tarancón fue a cumplimentar al nuevo papa, y de rodillas, besándole el anillo, Juan Pablo II le dijo: “Dos países había en Europa católicos y fervientes defensores de la fe, y usted ha hecho que solamente quede ya uno, Polonia”. De manera que no corren buenos tiempos para una Iglesia que quiera ser “plural” en sus concepciones políticas. Lo que más le gusta a la jerarquía actual de la Iglesia española suele ser el
poder tradicional.

Martínez Camino dijo hace poco que se podía pensar en negar la comunión a quienes habíamos votado la ley del aborto. Y un periodista le preguntó: “¿Y al Rey, que la ha promulgado?” Y su contestación fue rotunda: “Al Rey, en ningún caso”. Yo me alegro de que al Rey le traten con deferencia, y no pude sino pensar que la Iglesia jerárquica española siempre ha sido muy respetuosa con los jefes de estado. No hay más que volver la mirada y recordar cómo entraba en las iglesias el dictador Francisco Franco: como el Santísimo, bajo palio. Pero a pesar de todo, no pienso renunciar ni a mi fe ni a mis ideas. Usted ha declarado recientemente: “no es de recibo que una religión intente imponer sus convicciones éticas a todos los ciudadanos”. ¿Cómo se puede compaginar el gobernar o legislar para una sociedad plural, con absoluto respeto a esta pluralidad, a partir de una creencia religiosa concreta? ¿Se puede legislar para una sociedad plural, en un alto grado laica, respondiendo a la vez a las exigencias de un humanismo cristiano, sin que ello suponga una imposición? Sinceramente, creo que sí. Lo que debería hacer un cristiano, a mi modo de ver, es intentar acomodar su vida a los mandatos del Evangelio. Y, sobre todo, ser extremadamente comprensivo con quien no comparte ni su fe religiosa ni sus criterios de vida. Una interpretación actual del Evangelio nos sugeriría que el destinatario de la atención de la Iglesia no debería ser el que está dentro, sino el “hijo pródigo”, el que vuelve a su seno; ése es al que el Padre abraza; por ello pienso que, desde una posición cristiana, se puede y se debe hacer una legislación que no trate de imponer criterios morales o religiosos al resto de la sociedad. Y sobre esto la Iglesia, y el Vaticano II tienen suficiente doctrina. Lo que ocurre es que estamos en un proceso donde se tiende a mirar más al pasado que al futuro: algunos jerarcas eclesiásticos parecen estar más cerca de las posiciones de Trento o del Vaticano I que de la visión abierta del Vaticano II.

La autonomía de la que habla el concilio Vaticano II, la autonomía individual del político, es algo evidente. Incluso la Evangelium vitae lo dice de manera clara y rotunda. No se pueden imponer los criterios al modo en que se evangelizaba América en tiempos de Cristóbal Colón y de Hernán Cortés. Yo sinceramente creo que se puede compaginar el gobernar o legislar para una sociedad plural, con absoluto respeto a esta pluralidad, a partir de una creencia religiosa concreta. Se puede ser cristiano y no ser un inquisidor. Comprendo que san Cipriano pudiese proclamar que “fuera de la Iglesia no había salvación”, pero desde entonces hasta hoy han pasado suficientes cosas como para que si el santo viviera matizase sus afirmaciones. Desde la caridad cristiana no se deben mantener estas posiciones tan cerradas que incluso afectan al Catecismo de la Iglesia que, por otro lado, parece darse cuenta de la extravagancia de esa máxima en el mundo de hoy y el propio Catecismo dice que sólo ha de aplicarse  la máxima a quienes han tenido la posibilidad de conocer a Cristo y su fe; sin embargo, aquellos que no lo han podido conocer, se salvarán. Parece como si el catecismo dijese: mire, los ateos  ignorantes pueden salvarse; ahora bien, los que están en la Iglesia y no hacen caso al pie de la letra a las recomendaciones de sus obispos no tendrán derecho a la salvación. Parece que hubiese más interés en mantener la autoridad del Catecismo que en promover una práctica religiosa sincera. Por ello, yo alguna vez he llegado a la conclusión de que hoy parece que algunos los obispos nos preferirían ateos a heterodoxos.

- ¿Qué es más fácil, o más difícil, ser socialista entre cristianos o cristiano entre socialistas? Y en la misma línea: ¿Qué es más fácil, o más difícil, ser crítico en un partido político o serlo en nuestra Iglesia en la actualidad? ¿”Discrepar en la Iglesia, no de la Iglesia” o discrepar en un partido, no de un partido?

- Ambos casos son difíciles. Los partidos están acostumbrados a la máxima que el Opus Dei generalizó en el viaje de Juan Pablo II a España: Totus tuus. A las cúpulas de los partidos les encanta la “uniformidad”, al igual que a la Iglesia jerárquica. En eso se parecen mucho, si bien es cierto que en los partidos hay cada cierto tiempo un control democrático en los procesos electorales; sin embargo, en la Iglesia ese control democrático no existe en ningún caso, porque hasta en la elección del Papa el Colegio electoral es extremadamente reducido en comparación con la Iglesia  universal. Estamos necesitados, tanto en los partidos como en la Iglesia, de una fuerte renovación democrática, pero no en su sentido literal, sino en la necesidad del respeto al discrepante. En los partidos políticos quien discrepa suele ser considerado desleal y por ello la gente se cohibe a la hora de decir lo que piensa. Del mismo modo, cualquier discrepancia en la Iglesia tiende a ser considerada como herética, de manera que, al final, resulta muy incómodo y hasta peligroso discrepar. Sobre este particular, el cardenal Monescillo, al final del siglo XIX, ya se pronunció con un libro que publicó sobre la “transigen- cia”. En su primera línea preguntaba: ¿en qué hemos de ser transigentes? Y decía: ¡En nada! Claro, con ese modo de ver la vida, sobra el Vaticano I, y el II, y volvemos a Trento.

¿Qué puede aportar un cristiano al mundo de la política? ¿Qué puede aportar un político en activo a nuestra Iglesia? ¿Valores éticos y morales? Yo creo que el socialismo necesita una renovación. Y en los valores del Evangelio hay un componente de cambio magnífico. Pero también considero que muchos de mis compañeros no están por la labor, en la medida en que se les presenta el Evangelio con un magisterio más cargado de intransigencia y de inquisición que de proposición fraternal. Pero estoy convencido de que la “fraternidad evangélica” se ría muy satisfactoria para renovar algunos valores del cristianismo, aunque también pienso que será difícil en la medida en que el socialismo tenga recelo a la Iglesia. He podido apreciar que entre algunos dirigentes socialistas hay ámbitos en los que existe recelo; unos son heredados del anticlericalismo clásico en virtud del  cual todo progreso necesariamente tenía que discurrir al margen de la religión. Son quienes siguen el lema de que “la religión es el opio del pueblo”. Algo queda, poco, pero algo queda. Sin embargo, hay una gran mayoría de compañeros socialistas que aceptarían de buen grado los principios cristianos, si no fuese porque, a veces, se levanta la cruz desde la Iglesia para hacer política partidista a favor de los partidos de derechas.

- Sin duda que la tramitación de la “Ley Orgánica de salud sexual y reproductiva y de la interrupción voluntaria del embarazo” ha sido un momento “caliente” de las relaciones entre Iglesia y Estado, usted lo ha vivido desde primera línea. ¿Se ha sentido herido, incómodo e incomprendido en algún momento como cristiano y como socialista?

- Me he sentido incómodo en muchos momentos, porque, en primer lugar, yo he votado esa ley por razones distintas a las que la han votado algunos de mis compañeros. Yo no estoy de acuerdo con que el aborto sea un derecho; para mí, el aborto es un mal y no un derecho. No obstante, he votado esa ley porque creo que es mejor que la anterior que, por cierto, estuvo en vigor durante los ocho años del gobierno del Partido Popular, y la  Iglesia apenas hizo entonces referencias negativas. Parecería que lo grave de la ley anterior no era su contenido, sino el gobierno que la aplicaba. Y, en ese sentido, es difí cil para la Iglesia justificar así su silencio. Cuando gobierna el Partido Popular suele callar; sin embargo, convoca manifestaciones con obispos a la cabeza cuando gobierna el partido socialista. Creo que los obispos deberían pensar que, si algún día se les juzga por su labor pastoral, más tendrán que dar cuentas de tener los seminarios y las iglesias vacías, que de llenar las calles contra Zapatero. Y, en cuanto a la ley del aborto, pues... no puedo decir, ni mucho menos, que haya sido la ley que más me ha agradado de las que he votado. ¿Cómo afrontar el drama personal que supone el aborto en los no nacidos, las mujeres, sus familias y entorno, sin caer ni en la persecución penal ni en la banalización de un aspecto tan fundamental para el ser humano como es el respeto a la vida desde su inicio y la sexualidad? ¿Esta ley es realmente una respuesta a estas expectativas? ¿Significa una ayuda a este grave problema?

Esta ley mejora la legislación anterior. En primer lugar, porque ofrece seguridad jurídica que la anterior no ofrecía. Y desde mi punto de vista, porque es restrictiva si consideramos que en el 95 % de los casos de aborto que se producen en España se basan en la alegación del motivo “salud o de la enfermedad psíquica” de la madre. En la ley anterior, la embarazada podía invocar “enfermedad psíquica” para que el aborto se produjera hasta el minuto antes de nacer la criatura. En la ley actual se limita a veintidós semanas. Yo creo que esto es positivo y ha de reconocerse sea uno obispo, arzobispo, cardenal u hombre de la calle: la ley actual es, a todas luces, más restrictiva que la anterior en este importante asunto  que habría “justificado” ese 95 por ciento de abortos.

Espero y deseo que cuando pase un año con la nueva ley, el número de abortos sea menor: ese es el objetivo. Lo repetiré hasta la saciedad: no me hace ilusión el aborto, ni lo aplaudo ni festejo. Es siempre un trauma, un drama que es menester afrontar del modo más caritativo posible. Un día decía a un obispo amigo mío con quién discutía sobre este particular: “¡Vamos a ver! Si tú mañana te enteras que una mujer ha abortado, ¿irás a la policía para denunciarla?”, él me respondió “¡Ah, no! La Iglesia está para perdonar.”, yo le dije “Pues, claro, ¡tú estás para perdonar, y yo para meterla en la cárcel!, ¿no?”  

Quizás otras conferencias episcopales ante similares circunstancias, podemos pensar en Francia, Bélgica o Estados Unidos, la forma de oposición a leyes parecidas ha sido diferente en la forma, no en el fondo; quizás hay diversos “talantes” episcopales, incluso se dice que lo hay o había en el episcopado catalán respecto al español. ¿Un “talante” distinto en la Conferencia Episcopal Española favorecería un mejor clima de diálogo entre Iglesia y Estado? ¿Se convierte, a veces, una declaración concreta de un obispo ante la prensa en un planteamiento más válido que otros documentos doctrinales de rango superior?

Decía el cardenal Tarancón que los obispos españoles tenían “tortícolis” de tanto mirar a Roma. Ahora lo que tienen es cierta “esclerosis” por no mirar a la calle y a la realidad social. Es sorprenden te que estemos haciendo esta entrevista en el monasterio cisterciense de Poblet y con un monje en el que observo más apertura a la sociedad que en algunos lugares de pastoral que, de suyo, deberían estar más abiertos. Estamos en un monasterio, donde el recogimiento y la vida interior parece que debe prevalecer sobre el contacto con la sociedad. Pero no ocurre así en toda la Iglesia. El cardenal Ratzinger, siendo cardenal, mandó una carta a la Conferencia Episcopal de los Estados Unidos; los obispos norteamericanos hicieron realmente poco caso. Y esta es la carta que repartió Martínez Camino entre sus compañeros de la Conferencia Episcopal que, al ver la firma de Ratzinger, hoy Benedicto XVI, sea por devoción paternal o bien por aspiraciones en su carrera eclesiástica, no dudaron en apoyar su contenido. Incluso un cardenal que me había entregado la carta de Ratzinger, diciéndome que era jurídicamente inferior en rango a la Evangelium vitae, cuando vio la reacción de la Iglesia española me llamó para pedirme que guardase en secreto nuestra conversación. En la Iglesia hay miedo, más miedo que cercanía al que sufre, o al que padece. Cuesta entender a una Iglesia que pone el dogma por encima de la fe.

- La Iglesia católica, por ser la confesión mayoritaria en España, goza todavía de ciertos “privilegios”, ¿deberían replantearse temas como la financiación o la enseñanza para ganar la Iglesia independencia respecto al Estado? ¿Cómo debería encajar la Iglesia hoy en nuestra sociedad?

- La Iglesia, respecto del Gobierno so cialista, no puede ser más independiente.  Lo ha acreditado y, por tanto, yo creo que no ganaría en independencia porque se modificaran los Acuerdos que se firmaron en los años 80 con la Santa Sede. No soy partidario de que se reformen hasta que, de mutuo acuerdo, se busquen fórmulas ue permitan a la Iglesia seguir con su vocación asistencial en tantos ámbitos a los que la sociedad no llega. Hay un servicio hoy en materia de cooperación y de asistencia que, o la ofrecen personas con motivación religiosa, o no lo ofrece nadie.

Conozco a personas que cuidan de enfermos terminales de sida, a niños con parálisis cerebral muy acusada, que lo hacen con cariño, con una cercanía y una ternura, que se adivina más allá de lo meramente profesional. Y creo que esto no puede despreciarse. La Iglesia tiene también esa vertiente. Comprendo que para algunos no sea lo esencial, pero a mí me parece muy importante mantener esa vertiente caritativa y asistencial de la Iglesia. Y a eso tal vez contribuye también un sistema de financiación que es único en el mundo.

El presidente Felipe González le dijo al Secretario de Estado Casaroli algo contundente de lo que fui testigo: “señor Cardenal, dígame, ¿qué país del mundo, o qué gobierno del mundo, trata mejor a la Iglesia católica que el español? Inmediatamente asumiremos ese modelo”. Y ¿saben qué le contestó Casaroli? «Touché, monsieur le President ». No hay otro gobierno en el mundo que tenga sacerdotes castrenses pagados por el Estado; todas las monjas de clausura con “pensión no contributiva”, por decisión del gobierno; un presupuesto de “culto y clero” garantizado hasta que con el 0,10% de la renta se prevea otra cosa; una exención del IVA en las transacciones de la Igle sia... Y, sobre todo, la “opacidad” del cepillo; mañana, cualquier obispo dice que  tiene dieciséis millones de euros, como hizo el obispo de Valladolid con el célebre ecónomo y, cuando le preguntaron por su origen pudo decir que era el “cepillo” de la Iglesia. Y nos lo tuvimos que tragar.

- La eliminación de símbolos religiosos de los lugares públicos, no en su despacho oficial, puede ser interpretada como un signo de respeto hacia la pluriconfesionalidad social y la laicidad del Estado; pero ¿no olvidamos a veces que la religión católica forma parte de nuestra cultura y una parte importante? ¿Cómo conseguir respeto hacia nuestras raíces, quizás no religiosas, pero sí al menos culturales?

-  Procurando no hacer el ridículo. Hay cosas que pertenecen al genotipo social de nuestra sociedad. Y claro, a mí se me hace muy duro, por ejemplo, quitarle la cruz a la “corona real”, porque somos una monarquía, y así lo hemos decidido; o que a la calle donde está el Congreso la llamáramos de “don Jerónimo”; y que a la plaza de Santa Ana le llamáramos de la “señora Ana”... Comprendo que esto llamaría la atención hasta a los más radicales. Deberíamos mostrar un poco de buen humor y sentido común para decirles que nosotros no podemos hacer el ridículo, ni tampoco debemos discriminar a nadie por razones religiosas.

- Ha sido usted durante más de veinte años presidente la Junta de Castilla La Mancha y por esta razón ha mantenido frecuentes contactos con los arzobispos de Toledo, una sede de gran peso y tradición para la Iglesia española. ¿Con quién se ha sentido más cómodo de los pastores que usted ha conocido? Nos lo podría describir en pocas palabras a ellos y a otros obispos españoles: Marcelo González/ Francisco Álvarez / Antonio Cañizares / Antonio M. Rouco / Carlos Amigo / Martínez Camino.

- Con don Marcelo tuve toda la gama de colores del “arco iris”. Empezamos muy mal; no declaré festivo el día de san José, siendo Presidente, y él me dedicó una “pastoral”, que leyó en toda la diócesis, diciendo “¿qué se puede esperar de un Presidente que no venera ni al santo de su nombre?”. A raíz de aquella pastoral fui a verle y empezó nuestra amistad. Y don Marcelo murió en Fuente de Navas con mi mano cogida, que era la mano del Ministro socialista de Defensa. Fue muy importante para mí, ya que nos teníamos un gran afecto mutuo y, al final, pudimos hablar incluso de aspectos íntimos. Yo le tengo mucho afecto a don Marcelo que fue probablemente el último “príncipe” de la Iglesia, aun cuando era un hombre muy conservador. De don Francisco Álvarez diría que nunca llegué a entender cómo pudo ser cardenal. Don Antonio Cañizares un hombre al que tengo cariño personal; que vive con una pobreza que escandalizaría al mismo Colegio cardenalicio, y que con él tengo discrepancias en aspectos que pueden calificarse de doctrinales. El cardenal Rouco da la impresión de ser un obispo general por lo mucho que manda. El car denal Carlos Amigo es un buen tipo. Y qué decir de Martínez Camino, alguien con quien me gustaría estar en comunión. Le tengo afecto y creo que estoy más en comunión con él, que él conmigo.

- En su trato con nuestros obispos y en su vida como cristiano “de a pie”, ¿cree que hay una vuelta atrás respecto al Concilio Vaticano II? ¿Es esa la idea que perciben una buena parte de católicos? ¿Falta quizás una mejor y más fluida comunicación entre los pastores y el conjunto del pueblo de Dios? Por decirlo de alguna manera: ¿quizás algunos católicos se sienten desencantados por la evolución actual? Frente a sectores de sensibilidad más conservadora, otros de sensibilidad más plural: ¿abandonarán silenciosamente la práctica religiosa engrosando las filas del indiferentismo o del laicismo? ¿Cómo recuperar la ilusión del Vaticano II, con las concreciones que correspondan a la hora de su aplicación?

 
- Creo sinceramente que de Pablo VI hasta aquí se ha producido una regresión evidente en el terreno doctrinal y social. Esto no puede negarse. Al menos, a mí me lo parece. Las iglesias de España no están llenas, y me sorprendo a veces de ser el más joven de los que asisten a misa. Me da la impresión de que la jerarquía de  la Iglesia parece que aspira a que sean pocos y selectos los que estén en el rebaño, y no a que sean muchos. Y al hijo pródigo que “le parta un rayo” antes que tener que abrazarlo. Tenemos una Iglesia en la que es más importante el dogma que la fe y en la que los obispos a veces más parecen “doctores” del dogma que “pastores” del rebaño. En esas condiciones es muy difícil que se pueda atraer a la juventud. ¡Vamos!, que los seminarios están permanentemente vacíos, y las iglesias están esclerotizadas: son escasas las personas que asisten a la frecuencia de los sacramentos. Hemos tenido una verdadera caída en lo que a la práctica religiosa se refiere. Hoy ha visitado dos comunidades monásticas [Vallbona y Poblet], conoce bien algunos monasterios de Castilla La Mancha, aunque, por cierto, algún medio digital ha titulado que “curas y monjas se ponen de parte de Bono”; estas comunidades que hoy le han recibido tienen una larga historia que ha contado con no pocas vicisitudes.

- ¿Qué cree que debe aportar la vida contemplativa a la Iglesia de hoy y a la sociedad de hoy? ¿Qué busca un laico, creyente o no, cuando se acerca a un monasterio? ¿Convence más la vida cristiana vivida desde un compromiso digamos más radical?

- La primera vez que fui a un convento fue a uno de carmelitas en una campaña electoral en la que el alcalde del pueblo me dijo: “éstas pueden votarnos” y yo respondí “pues vamos allá”. Entonces nuestro emblema electoral era “por el buen camino”. Y fui allí a convencerlas (eran 15 o 20 monjitas). Cuando me esforzaba, a través de la reja para convencerlas, dijo la superiora: “Mire, Bono, no se esfuerce, que nosotras “ya estamos en el buen camino”. Y, efectivamente, hicieron una labor muy buena de voto a favor del partido socialista. Allí me caí del caballo en el camino hacia Damasco y me dije: ¡cuidado!, en la vida contemplativa hay mucho tiempo para pensar. Y esto es muy útil, porque en esos sitios que no piensa nadie, o uno piensa por todos, pasa como en Roma o en otros lugares. Pero, en los lugares contemplativos que se medita con sosiego, el sentido común acaba reinando y apoderándose de las personas lo que es muy positivo.

Veo en la vida monástica una serie de valores que merecen ser destacados: es el vivir sin prisa, sin ansiedad, el escuchar al que discrepa, el  tener tiempo para reflexionar. Algunos anticlericales dicen: “¿Qué hacen estas monjas todo el día rezando y yendo a misa?” Yo siempre les respondo: “Por lo pronto, no hacen daño, ¡eh!, que no es poco”. Y algunas están dando magdalenas y atienden a la gente que va a verlas, y son un foco de reflexión. Algunos son tan anticlericales, que no les da por pensar que si en vez de ser monjas carmelitas, o clarisas, o franciscanas, fue- ran budistas, les llamaría la atención por lo exótico, y no las criticarían. Sin embargo, parece que todos tenemos derecho a denostar lo que nos resulta próximo. Por desgracia, ellas tampoco pueden defenderse... Me decían en relación con el asunto de madre Maravillas que, como recuerdan, fue polémico, que una escritora próxima a Izquierda Unida, publicó en El País un artículo donde decía que había leído de madre Maravillas una frase que transcribía y que, en un lenguaje místico, hablaba del Amado, y del éxtasis ante el Amado; y esta periodista creyó conveniente decir lo mucho que “hubiera disfrutado” madre Maravillas cuando entraron a violarlas los milicianos sudorosos a su convento. En primer lugar, a su convento no entró ningún miliciano sudoroso, entre otras cosas, porque otra comunista, con más cabeza que ella, que fue la Pasionaria, lo impidió. En segundo lugar, a esta mujer, en la guerra civil, no le pasó nada, porque la tuvieron en el Barrio de Salamanca un grupo de gentes del partido socialista y de la UGT, en una vida conventual. Pero, claro, hablar de que “hubiera disfrutado” cuando los milicianos iban a violarla...; yo pregunto: Si en vez de ser madre Maravillas, hubiese sido una prostituta o una artista, la hubiese vapuleado con críticas por falta de respeto a la mujer. Pero, como era monja, pues ¡que la violen! Es inaudito que esto no supusiera ningún escándalo.

Lamentablemente actitudes tan burdas como ésa son más frecuentes de lo deseable, pero para ponerlas en evidencia, lo mejor es siempre ir con la verdad por delante.

- Agradecemos al señor Presidente por sus respuestas, y por su visita. El presidente Bono dejó su impresión de su estancia en Poblet escrita en el Libro de Honor de la Comunidad: “Ha sido una experiencia cargada de emoción espiritual. Salgo fortalecido en la fe después de convivir con los monjes de Poblet. Aquí se aprende a vivir sin prisa y a crecer sin ansiedad. ¡Que Dios os proteja siempre!