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Pocas cosas manda Dios, tal vez solo una y es la de amarnos los unos a los otros. Lo que exige respeto y compromiso con las personas.

Dejando esto claro, me remito a temas recurrentes en estos días en los que hemos visto cómo, desde diversos frentes, han intentado nuevamente abrir fuego contra Monseñor Omella, arzobispo de Barcelona. Los que no le perdonan que no sea “catalán”, aun no se han enterado que entiende a Cataluña y a los Catalanes de forma profunda y respetuosa, prueba de ellos es que de sus encuentros con los representantes de las instituciones han salido encantados de su cordialidad y sincera acogida y respeto. Lo mismo ocurre con las parroquias y comunidades que día a día está visitando.

Y los de la caverna , los que desde hace unos años practican de martillos de herejes, no soportan su espíritu evangélico y todo lo magnifican. Esta semana han pretendido liarlo con un tema de Zaragoza, whasap, tramas, etc. Cuando todos sabemos qué había en aquella Iglesia y que no en vano Francisco actuó con contundencia y libertad, y como es lógico debe fiarse de sus personas de confianza, que para desgracia de los “cavernícolas” que habitan en las “torres” o se pavonean de fidelidad a la ortodoxia, no son los de su cuerda.

Conociendo a Monseñor Juan José Omella, quiero manifetsar que unos y otros –los que le rechzan por no ser catalán y los cavernícolas- aun no le conocen. Omella se mantiene tranquilo y no se altera porque no tiene que demostrar nada a nadie. Él no hizo oposiciones para venir a Barcelona ni para “asecender” –palabra que no me gusta en el ámbito evangéliico pero que ha marcado lamentablemente la vida de la Iglesia en los últimos años-. Tenemos la suerte de tener un Arzobispo evangélico, que escucha y acoge y que está en la incómoda linea de Francisco, en aquella que dice y hace; que no pacta con la mediocridad, las políticas baratas ni con las intrigas palaciegas.

Monseñor Omella, deseo que con ardor evangélico y pasión pastoral, siga la consigna del Evangelio amar a todos y a todos servir, facilitando que la Buena Nueva sea la norma del pueblo de Dios que peregrina en Cataluña y que en la Iglesia de “casa nostra” los pobres sean, como en el corazón de Jesús, los predilectos.