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Ha muerto un teólogo feliz. Mejor dicho, ha entrado en la felicidad plena, un hombre que creyó de verdad en el Dios de la Vida, que pensó su fe y que supo dialogar sin ambigüedades, miedos ni engaños con sus contemporáneos. Un hombre que creyó de verdad que Dios se hizo uno de los nuestros, que entró de lleno en nuestra historia haciéndose conciudadano de los hombres  para revelarnos con lenguaje humano el amor insondable, infinito de Dios. Un amor que no es abstracto, sino que traspasa e impregna cada dimensión de la persona y la vida humana

Un gran teólo que desde esta la honestidad intelectual, teológica y espiritual, afrontó los interrogantes, problemas y dificultades de los hombres y mujeres creyentes, que querían vivir su fe a fondo, y que necesitaban que se les anunciara sin rebajas la humanización de Dios.
 
Estaba tan enamorado del misterio de la Encarnación, que en estas Navidades seguramente se unió él mismo al canto de Gloria de los ángeles, anunciando a todo el orbe que Dios quiere la paz para todos los hombres y mujeres amados por É.
 
Fue un buen dominico, un predicador de la gracia, como Domingo; un buen discípulo del Maestro Tomás y del Maestro Alberto el Grande, y como ellos supo incursionar en la filosofía, ir más allá, ahondar en la teología, y más allá aún, entrar en la dinámica del misterio, y desde allí, tender puentes de diálogo con la ciencia, el pensamiento, la cultura.
 
Tuvo un papel determinante en el antes, durante y después del Concilio Vaticano II, de modo que la dinámica, la teología y la pastoral del mismo no se entienden sin la aportación lúcida de su pensamiento, como también del pensamiento y las figuras de  Karl Rahner, el padre  Congar o el Padre Chenu.
 
Desde la cátedra, la formación de dominicos y el asesoramiento al episcopado holandés; desde sus conferencias, artículos, libros y reflexiones, no dejó nunca de buscar y de arrojar pistas y mucha luz a tantos teólogos y creyentes sedientos de la verdad.
 
La fe, busca entender, y él se empeñó. Tan enamorado estaba del Dios de la Vida, que siempre quería ir más allá, y no acababa de saciar su sed. Dios y sus manifestaciones en la historia y en las personas, era su tema o su monotema: era su pasión.
 
Dijo en una ocasión que “La razón humana debe usarse al cien por cien en el campo de la fe. Sacar a colación la obediencia y cerrar los ojos, no es cristiano, no es católico. Es cada vez más necesaria la racionalidad, sobre todo, para reaccionar contra el fundamentalismo que mina cada vez más a la Iglesia...” Y esto me recordó al gran pensador Inglés Chestertón que decía con su clásico humor inglés que “para entrar en la Iglesia, se nos pide que nos quitemos el sombrero, ¡no la cabeza!