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Si hay algo claro en la celebración de la semana santa en la cárcel es que desde el dolor, que allí hay mucho, se puede vislumbrar la esperanza, que desde el más absoluto sufrimiento se puede ver sin duda la experiencia de vida. Dicho de otro modo, en lugar tan de muerte como es la cárcel, es donde más vida se transluce y se ve. Es un lugar de muerte porque las personas que viven allí tienen historias de mucho sufrimiento, y de mucho dolor, pero es lugar también de vida, porque en todas esas historias siempre descubrimos un rayo de esperanza, una puerta abierta hacia el futuro y hacia la vida, y yo creo que eso es lo que celebramos los cristianos en la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Y como todos los años, es lo que hemos vivido juntos, presos y voluntarios durante esta semana. Una experiencia que quizás es difícil de entender cuando no se visita una cárcel, cuando no se pisa “Tierra Santa”, como lo es la tierra de la cárcel, pero una experiencia que sin duda los que estamos por allí cada día, captamos, es la experiencia del crucificado que es resucitado, la experiencia de contacto entre crucificados, que a la vez son capaces de encontrar vida y esperanza.

Como cada año comenzamos nuestra celebración de la semana santa, con la experiencia del Jueves Santo, un día muy especial, porque en ese día repetimos el gesto de Jesús, después de cenar con sus discípulos. Y lo hacemos de un modo especial: es verdad que yo soy el que, como capellán, comienzo lavando los pies de los chavales que quieren, pero también son ellos los que nos lavan los pies a nosotros, a los voluntarios y a mí, y es la experiencia de lavar y sentirse lavado, amar y sentirse amado la que ese día cobra singular importancia. Sobre todo porque no es un mero gesto, un trámite, un rito: es la experiencia que sentimos todos los días, donde somos nosotros los que intentamos servir a los chicos, pero donde también nosotros nos sentimos queridos y entendidos por ellos mismos. Yo siempre diré que el sitio donde me he sentido más querido de toda mi vida es la cárcel, donde he experimentado el cariño de modo más especial ha sido allí; los mejores abrazos me los dan cada día en aquel lugar, y donde siento que especialmente se preocupan por mí, y eso sin duda es “dejarse lavar los pies”. En el fondo es ser capaz de entender, que solo cuando experimento que yo también les necesito es cuando de veras entiendo el evangelio de Jesús. “Si no te lavo no tienes parte conmigo”, que le dice Jesús al prepotente y soberbio de Pedro, aquel que todo lo sabe, aquel que nunca le va a negar, aquel que le confiesa desde el principio como mesías y Señor, aquel que siempre está dispuesto a seguirle… pero aquel que sólo entiende al Maestro cuando se siente débil, necesitado y pobre, y desde su pobreza llora ante la mirada de amor de Jesús; aquel Pedro “todopoderoso” y seguro de sí mismo, sólo aprende a seguir a Jesús desde su debilidad, y por eso la mirada de cariño de Jesús, arranca sin duda sus lágrimas más maravillosas y más redentoras que un ser humano puede llorar, porque son lágrimas de vida, de necesidad, de pobreza, de debilidad. Esto es lo que vivimos y tengo la suerte de vivir cada día en la cárcel; yo que a veces soy como Pedro, que me creo que voy allí “a dar” y siento que son ellos los que me dan, que desde su vida machacada, malherida y en ocasiones muy destruida, son los que me aportan un rayo de esperanza y me hacen mirar mi propia vida de manera distinta. Es la experiencia de “dejarse lavar” por los presos, y descubrir que todos nos necesitamos, y que en concreto, yo también les necesito a ellos. Por eso el momento del lavatorio, es un momento muy especial; cada pie es distinto, como cada vida de cada uno de ellos y la mía es distinta; yo tengo la suerte de conocerlos, y por eso al contemplar sus pies, también me venía a la cabeza y al corazón su historia, su vida, incluso las lágrimas que muchas veces han derramado delante de mí… y eso me hacia sentirme especialmente agraciado en ese momento. Había pies de muchos de tipos, de muchos colores, y arrastrando muchas historias, muchas de ellas muy duras; pies viejos y pies jóvenes, pies blancos y pies negros, pies con tatuajes y sin ellos… pero pies necesitados de un lavatorio especial, necesitados de vida y de amor. Y me vino a la cabeza el pasaje de la mujer aquella, pecadora, en casa de Simón, el fariseo, enjugando con perfume y con sus cabellos los pies de Jesús, y las palabras de Jesús, ante el escándalo de los fariseos, que como tantos otros fariseos de nuestra sociedad, se creían y se creen “los buenos”: “¿Ves a esta mujer? Cuando entré en tu casa no me diste agua para lavarme los pies, pero ella ha bañado mis pies con sus lágrimas, y los ha enjugado con sus cabellos. No me diste el beso de la paz, pero ésta, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies. No ungiste con aceite mi cabeza, pero ésta ha ungido mis pies con perfume. Te aseguro que, si da tales muestras de amor es que se le han perdonado sus muchos pecados; en cambio, al que perdona poco, mostrará poco amor. Entonces dijo a la mujer: Tus pecados quedan perdonados” (Lc 7,43)

Tuve también la suerte de poder lavar los pies de Enrique, un salvadoreño, marero, con una historia dura y llena de sangre, ahora en la cárcel por cómplice también de asesinato en España, pronto ya para salir, y a quien el Estado español quiere “devolver“ a El Salvador. Pero Enrique es un marero arrepentido, un hombre que ha encontrado otro modo de vida, que llora y reconoce lo que ha hecho, y que ahora desde el amor de una mujer española ha cambiado, tanto que teme si le expulsan de España porque allí, al renunciar a la mara, lo pueden matar. Se está quitando todos los tatuajes que le señalan como marero, y no le importa incluso quemarse por quitarse los rastros que aun hay en su cuerpo de esa mara… y me dice muchas veces que ojala pudiera quitarse del corazón todo lo que ha sido su vida, que en ocasiones le atormenta, que está arrepentido… Confieso que al lavarle los pies, pensé en los salvadoreños, y por supuesto, pensé en Monseñor Romero, nuestro Monseñor, del que tanto aprendo cada día, y le dí las gracias por permitirme lavar los pies de un marero, de un compatriota salvadoreño… se me saltaron las lágrimas de emoción.

 Fue un momento especial el del lavatorio, en total y absoluto silencio estábamos unas ciento veinte personas; durante el lavatorio fuimos cantando, y leyendo un verso que nuestro voluntario Alfonso, ya fallecido, había escrito hace unos años, y también por eso fue un momento especial, de recuerdo y gratitud, hacia él, que tanto se entregó a los presos el poco tiempo que pudo estar con nosotros: gracias Alfonso, seguro que desde estar con el Padre sigues tu con la misma energía, apoyando a los muchachos y haciéndoles versos.

Y vimos también un video del papa Francisco lavando los pies a los presos, en años anteriores; el papa, que desde el primer momento le dijeron al oído “que no se olvidara de los pobres”, ha entendido muy bien el mensaje del jueves santo, y por eso desde el comienzo de su pontificado, cada año, va a una cárcel a lavar los pies de los presos, de los últimos, de los “malos”, de los pecadores….

Terminamos este jueves santo, con ese momento especial de sentir que Jesús igual que estuvo preso, en aquel primer jueves santo, también iba a estar preso ahora con los chicos de Navalcarnero, y les invitamos a sentirlo así, les invitamos a experimentar que cuando esa noche cerraran esos “horrendos cerrojos” y sintieran su ruido espantoso, sintieran también que no estaban solos, sino que experimentaran que el justo Jesús de Nazaret, se quedaba también con ellos preso en el chabolo, igual que estuvo en aquella prisión de palestina…

El viernes santo fue, también como siempre, un día muy especial, lleno de símbolos de vida, de mucha vida. Leímos la pasión, y a partir de su lectura, introdujimos el momento de la celebración del perdón, pero lo hicimos a partir de dos testimonios: uno de una carta de un chaval, también preso en Navalcarnero, que muchos conocemos, y que escribía hace algunos años a su madre desde la cárcel, para decirla algo tan especial, y que no la había dicho nunca, como era que la quería; se lo decía a su madre, enferma de alzheimer en una residencia, y a quien la prometió, la última vez antes de entrar en prisión, que iría a verla, pero que nunca pudo ir porque cayó preso enseguida, y su tormento fue que no se había despedido de ella, que su madre lo esperaba, y ahora ya no podía reconocerlo por su enfermedad, pero por carta quería decirla “que la quería”. El segundo testimonio, de varias madres de presos con las que nos reunimos una vez al mes en la parroquia, y que transmitían todo el dolor y la impotencia que siente una madre cuando sus hijos están en prisión, incluso cuando llegan a morir al poco tiempo de salir. Después de escuchar esos desgarradores testimonios, pedimos perdón, desde tres preguntas que nos hacíamos: a quien quería perdón, quién quería que perdonase y de qué quería pedir perdón.

Y tras esa petición de perdón en silencio, tuvimos el gesto de la imposición de manos, en un silencio verdaderamente sobrecogedor; yo como siempre tenía más suerte, porque de la mayoría de ellos conocía sus nombres y sus historias, y por eso fue para mi muy especial el momento de la imposición, porque al tiempo de realizar el gesto decía su nombre en silencio, y rezaba por ellos ante el Padre, con su historia personal. Fue un momento muy emotivo y transcendental para mí: era poner delante de Dios sus historias, con sus nombres, y pedir el perdón para ellos, sabiendo que era el mismo Padre-Madre el que, por supuesto, estaba acogiendo sus vidas.

Al ritmo de la marcha de 1492 de Vangelis, como en otras ocasiones, entronizamos la cruz y la pusimos en el centro del salón, de nuevo con un silencio estremecedor. Y después cada uno fue adorando como quería la cruz; era un adoración de crucificado a crucificado, era un gesto muy especial, del dolorido al dolorido, del humillado al humillado, y casi como que se captaba una experiencia muy especial de dolor y esperanza, en aquel gesto. En el fondo es lo que muchos de los chicos hacen cada sábado antes de empezar la misa o después de la comunión: se acercan al crucificado, lo tocan y lo besan durante un rato. Seguro que el crucificado entendía especialmente aquellos crucificados, y también les decía las palabras del evangelio, “Te lo aseguro, hoy estarás conmigo en el Paraíso” ( Lc 23, 43 ).

Este día pusimos también dos videos; el primero el testimonio del jesuita holandés Frans van der Lugt, asesinado en Africa, donde contaba cómo iba a ser su muerte, y como lo que más le apenaba era no poder, con su propia muerte, paliar el dolor de su asesino, y nos resonaron las palabras del crucificado Jesús de Nazaret, desde la cruz, “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” ( Lc 23,34). El segundo video lo pusimos al final, y contaba la historia de los inmigrantes centroamericanos, que van subidos en un tren, donde se juegan la vida, para ir al “paraíso supuesto de los Estados Unidos” ; en el contaba una chica, que había perdido una pierna porque el tren la había arroyado…. Dolor, sufrimiento y entrega que los muchachos entendieron en todo momento, porque en el fondo es su propio dolor también.

Y por fin, el sábado santo celebramos la gran fiesta de la VIDA, la gran fiesta de la resurrección de Jesús. Y dijimos lo que dijimos también en Navidad: la misa de nochebuena en la cárcel es por la mañana, y en la calle por la noche; la misa de pascua es en la cárcel también por la mañana y por la noche en la calle; de tal modo que los primeros en enterarse tanto del nacimiento de Jesús, como de sus resurrección son “los malos”, los presos, y eso es todo un símbolo. Al no poder hacer fuego, pegamos en un papel continuo lo que queríamos destruir de nuestra vida y nos sobraba, y luego lo rompimos, como gesto de que también se quemaba. Tras el pregón y la lectura del evangelio de la resurrección (leímos el de San mateo, donde Jesús dice a las mujeres que digan a los discípulos que vayan a Galilea, para verle allí resucitado), hicimos la reflexión sobre cómo podíamos nosotros poner vida, esperanza y humanidad en aquel lugar de dolor y de tristeza; y también cuales eran nuestras Galileas, las que nos costaba aceptar, de nuestra vida o de los demás, y descubrimos que el resucitado estaba en “esas Galileas de los gentiles”, en esos dolores y sufrimientos de cada día en la cárcel, pero que también contaba con nosotros para ir “a otras Galileas”, a mostrarle también nosotros vivo y resucitado.

Este año, además, la vigilia allí fue más especial porque tuvimos un bautizo. Durante toda la cuaresma, un muchacho camerunés se había estado preparando para bautizarse, y hacer su primera comunión. Y fue muy emotivo, acompañado además de otro preso, como padrino, y otra voluntaria, como madrina. Durante la cuaresma, Miguel, que así se llama el chico de Camerún con su nombre español, se ha estado preparando desde la lectura del evangelio, sin más; hemos ido comentando semana tras semana, lo que al hilo de la lectura evangélica, a él le iba sugiriendo, y han sido encuentros francamente ricos, los que hemos tenido. Ahora, Miguel, que quiso le bautizáramos con su nombre camerunés, Devaneo, ”nacía de nuevo”, como dice el Evangelio de San Juan, a la nueva vida desde Dios. Y después del bautismo de Devaneo, todos también salimos a renovar nuestro bautizo mojándonos los dedos y haciendo la señal de la cruz.

Importante fue también cuando se nos leyó un cuento que hablaba sobre el secreto de la felicidad, y se nos decía que ese secreto para ser feliz, consistía en descubrir que todos nos necesitamos, y que todos podemos hacernos felices cada día. Y eso, una vez más en la cárcel, cobraba un especial sentido. Terminamos la celebración viendo un video de vida, un reportaje donde se nos decía cómo había personas que dan la vida por los demás; en concreto, los de las ong que se dedican a salvar a los refugiados; fue también impresionante, porque todos captamos que Jesús también contaba así con nosotros para poder dar vida, desde el resucitado, allí en la cárcel.

Y para terminar la parte festiva, el chico camerunés, con sus padrinos, nos invitó a rosquillas y a refresco, como en la calle, fue una bonita fiesta donde todos nos sentimos unidos por lo mismo y donde sentimos además que hacíamos lo que se hace en todo bautizo: celebrarlo y vivirlo con alegría, incluso yo creo que por un momento todos nos olvidamos de que estábamos en la cárcel porque las “rosquillas y el refresco”, casi nos hicieron olvidarlo. Y todo el ambiente que se respiró tanto en la celebración, como en ese momento final, fue de vida, de mucha vida, fue como sentir que el resucitado nos daba y contagiaba su propia vida, para que nosotros también la contagiáramos y transmitiéramos en aquel lugar, a veces tan lleno de muerte.

Semana Santa en la cárcel de Navalcarnero, una experiencia única, una experiencia de vida, de transformación, de cariño y de fraternidad. Una experiencia donde hemos ido pasando desde la muerte a la vida, dese el dolor a la esperanza. Han sido días cargados de experiencias de encuentro, con Dios y con los demás. Y una vez más, “los malos” nos han dado lecciones a “los buenos, y a los que vamos siempre a misa”; desde su silencio nos han hecho meternos más en la realidad de la semana santa, nos han hecho vivir unas celebraciones no de ritos, sino llenas de vida; unos chavales que además no están acostumbrados quizás a estas celebraciones, pero que han aguantado cada día dos horas celebrando, en silencio, participando, en oración…. Como en la mejor de las parroquias. Hemos ido pasado juntos desde el dolor a la esperanza, desde la muerte a la vida; hemos ido descubriendo juntos que desde lo negativo puede brotar lo positivo, que lo último en nuestras vidas no puede ser nunca la cárcel, sino que estamos llamados a vivir una vida diferente, y que el Resucitado así nos invita a descubrirlo.

Semana Santa en la Tierra Santa de Navalcarnero, algo muy especial, experiencia de dolor y de esperanza, y de vida y de fraternidad. Y de nuevo al terminar, las palabras del Santo de América: “Con este pueblo no cuesta ser buen pastor”. Ojalá que esta vida compartida y derrochada por Jesús en estos días, aprendamos a derrocharla y a compartirla también nosotros, aquí en la cárcel, y ojalá que juntos podamos decir lo que dice Dominique Lapierre en su libro, que hagamos de esta cárcel “una ciudad de la alegría”, como la que hizo aquel cura Paul, en aquel barrio de Calcuta, donde apenas tenía pan y vino para celebrar la Eucaristía, pero donde la mejor manera de celebrarla, era hacerla presente, entre aquellos hombres y mujeres machacados por la pobreza y la lepra, entre “el pobrerío”, como diría Monseñor Romero. Y sabiendo eso sí, que ese Resucitado cuenta con todos nosotros, para hacer de nuestro mundo, y de nuestra cárcel en particular, “la ciudad de la alegría”.