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Como todos los años, y este ya era el séptimo, desde el mes de febrero comenzamos a preparar nuestro Camino de Santiago con los presos de la cárcel de Navalcanero y con la gente de Fuenlabrada, vinculada a varias zonas del pueblo que van conociendo el proyecto y cada año se van animando.

Y quizás hablar así, de presos y gente de Fuenlabrada, no sea lo adecuado, primero porque desde el principio este proyecto surge como algo integrador, como algo que nos haga reconocer a todos que somos iguales, que somos personas, seres humanos y que por tanto nuestra condición concreta en este momento de estar en prisión o en libertad no nos define como tal sino que nos hace estar en un momento diferente de vida, y segundo porque en la práctica constatamos que esto es lo que cada año se lleva a cabo.

Constatar esto es sin duda lo más importante, enriquecedor y evangélico de nuestro proyecto, y que es lo que decía el primer día en la primera reunión de grupo, uno de los chavales de Navalcarnero "aquí me siento plenamente persona, me siento valorado como tal", y eso escucharlo en alguien que lleva media vida en prisión nos llena de emoción y nos hace creer que acciones como esta, por mucho esfuerzo que supongan a todos los niveles, merecen la pena. Cuando muchas veces nos dicen, incluso desde el propio centro que por qué lo hacemos, que es mucho esfuerzo y que si merece la pena, la respuesta es que sí, que es muy importante para ellos. Nos preguntan por qué lo hacemos, qué nos mueve.

Y la respuesta siempre es la misma: nosotros desde nuestra experiencia de fe creemos sobre todo en el ser humano, creemos en un nuevo proyecto de persona que nos inspira Jesús de Nazaret y el Evangelio y para nosotros Dios no es doctrina ni dogma, es sobre todo vida, vida que se realiza en tantas historias de tantos chavales machacados que están en la cárcel pero a que necesitan una nueva oportunidad.

Nos mueve creer en un Dios que en Jesús nos invita a ser diferentes, a valorarnos todos; nos invita creer que la fe en Jesús supone sobre todo creer en la persona y en sus potencialidades, que el Dios humano y débil que se hace presente en Jesús también se nos hace presente en cada uno de los chavales con los que compartimos tantas cosas, y también este camino de Santiago, que en el fondo es como el "camino de nuestra vida".

Preparando el camino

Comenzamos a preparar muy pronto el Camino porque sobre todo desde la cárcel los permisos necesarios y los trámites a llevar a cabo son arduos, y ya desde el principio se constata la dificultad, y en ocasiones hasta ganas de tirar la toalla; por supuesto, cuando nos marchamos todo esto se ve de diferente manera, porque se ve que merece la pena; quizás "los dolores de parto" que suponen todos los trámites para llevarlo a cabo se ven recompensados cuando "se tiene el niño en los brazos"; la misma ternura que inspira el niño recién nacido, es la ternura que se respira cuando vemos a los chavales de la cárcel salir de allí y comenzar la aventura de ponerse a caminar y a compartir unos días como "personas, sin que nadie les juzgue o les mire mal".

En el mes de febrero comenzamos a contactar con los chavales que estuvieran interesados en hacer la experiencia y que de primeras reunieran los requisitos que se nos pedían: haber disfrutado de permisos penitenciarios concedidos por la Junta de Tratamiento del centro penitenciario.

Y además que nos pareciera a todo el equipo de capellanía que podía ser un beneficio para ellos, que les conocíamos y les podría beneficiar la experiencia; y por supuesto en contacto con todo el equipo de tratamiento del centro con el que permanentemente para esta y otras actividades que organizamos estamos en coordinación. Hicimos una primera lista donde además se hablaba con cada uno de los chavales para explicarles en qué consistía la actividad y hacia finales de abril se presentó a la junta para su aprobación. Es curioso que entre una población de unas 1.300 personas apenas encontráramos quince que reunieran los requisitos. Esto es una dificultad porque siempre de esa lista se aprueba la mitad y al final pocos pueden ir como en el fondo ha pasado este año.

La Junta del centro aprobó a trece personas y esa lista fue la que luego se pasó a instituciones penitenciarias y solo aprobaron finalmente a tres, lo cual al principio fue una decepción, incluso hasta llegar a plantearnos si podríamos o no llevarlo a cabo. El problema está en los requisitos que se piden: desde instituciones se quiere tener todo tan bien atado que es casi imposible, se revisa el tipo de delito, la nacionalidad, incluso hasta la religión porque dicen que los marroquíes no van a una peregrinación de este tipo, de tal manera que al final pocos pueden cumplirlos, y quizás nos olvidamos de que estamos en la cárcel y que "perfectos" no hay nadie ni en la cárcel ni fuera de ella.

La fraternidad

Pero paralelamente también este año el problema estaba en las personas de Fuenlabrada, porque llegamos a ser muchas, diferente a otros años, nos llegamos a juntar 30 personas lo cual era mucha gente si el objetivo es la integración con las personas en prisión; llegamos incluso a plantear la posibilidad de un sorteo para ver quién podía ir, pero al final decidimos ir todos. El grupo después de todo se estabilizó en treinta personas: veinticinco personas de Fuenlabrada, dos del centro de Navalcarnero, una del centro de inserción y dos personas ya en libertad, una condicional y otra ya total.

Bonita era la experiencia de llevar a dos madres de dos chavales de la cárcel que no salían sus hijos (una de ellas ya estuvo con nosotros hace dos años), del grupo de familias que tenemos, un sobrino de uno de los chavales, y una familia entera con un niño de seis años, que también suponía todo un reto. En conclusión: que, aunque todo apuntaba como un reto nos parecía que merecía la pena llevarlo a cabo como al final así ha sido, todos estábamos a la expectativa pero al final hay que decir que ha sido una experiencia FRATERNA.

Y quizás esta ha sido la relación que se ha vivido de modo especial durante todos estos días: relación de fraternidad entre todas las personas que formábamos el grupo, fraternidad que se hacía presente en todo lo que hacíamos y vivíamos juntos; fraternidad desde nuestras diferentes pertenencias, edades, de maneras de entender la vida... pero fraternidad que convertía una vez más nuestro camino de Santiago en lo que siempre hemos pretendido: un grupo donde todos somos personas iguales y a la vez diferentes en un proyecto común de vida.

Este año decidimos hacer el camino "al revés" que como se suele hacer: es decir comenzamos desde Finisterre, donde la gente va a "quemar las botas" tras el esfuerzo de haber llegado a Santiago caminando; nosotros empezamos desde ahí hasta la cuna del apóstol; solo podemos hacer los 120 últimos km para llegar a Santiago porque solo tenemos seis días y tampoco estamos ninguno acostumbrados a andar, con lo que una media de 20 km por día es más que suficiente, además porque el objetivo no es andar sin más sino crear un espacio de comunión y de encuentro entre todos, donde el caminar es solo un medio para conseguir ese encuentro y esa integración de seres humanos.

Como siempre fue una persona del barrio, Asun, como en otras ocasiones la que se preocupó desde hace varios meses de llevar a cabo no solo el recorrido sino ocuparse de toda su infraestructura (albergues, billetes, comida...), y luego también con Carmen de la cocina durante el camino, a las dos las damos las gracias por su labor de preocuparse del grupo y de hacer que todo saliera " a las mil maravillas". Era por tanto un recorrido nuevo, nunca lo habíamos hecho y eso también era un reto; hemos comprobado que aunque duro, porque en muchas ocasiones las cuestas nos superaban, ha sido un camino muy gratificante por lo bonito del paisaje, y porque a diferencia de otras rutas casi en su mayoría es por camino, lo cual hacen que sea especialmente atractivo todo el caminar.

Caminar

En este camino nuevo se han dado quizás características y experiencias que también se dan en la vida cotidiana, porque ciertamente después de ya varias experiencias caminando lo que sí que descubrimos es que caminar a Santiago es como caminar por la vida, y todo lo que nos sucede en la vida nos sucede en esta peregrinación. Ha sido muy importante el estar "pendientes " en el camino para no perdernos; al ser un camino "al revés" está señalizado no demasiado bien, y por eso a la mínima te puedes perder; pero en la vida sucede algo similar, tenemos que estar siempre alerta con todo lo que pasa para no perdernos. Era bonito cuando llegábamos a un cruce y todos nos dedicábamos a buscar "la pista " para poder seguir, pero cuando a pesar de todo nos perdíamos siempre alguien nos hacía volver al camino correcto. Ojalá también lo hiciéramos así siempre, estar alerta y dejarnos guiar de nuevo.

No podíamos fiarnos de cualquiera, como en la misma vida de cada día. Una cosa muy importante es que en camino de este año NOS HEMOS PERDIDO TODOS, sin distinción, porque unas veces se perdían unos y otras se perdían otros; porque hasta el más listo ha metido la pata y ha necesitado del otro para rectificar, y hasta el más pobre y débil ha sido capaz de aportar luz en el caminar; en el fondo como en el camino de la propia vida, donde todos estamos expuestos a perdernos, a rectificar y a necesitar del otro.

En este camino nos hemos sentido familia por la variedad de edades que ya he comentado pero unidos por el mismo fin. Descubrir que las dificultades de cada uno siempre son diferentes pero que todas o casi todas se pueden superar con la ayuda del otro y que siempre alguien, en grupo, en comunidad, encuentra una salida a lo que parece que no la tiene. Todos pendientes de todos, desde el más pequeño a la más mayor, desde el más débil al más fuerte, pero sabiendo que la fortaleza o la debilidad es parte siempre de nuestra vida.

Todos somos a la vez débiles y fuertes y, sobre todo, todos nos necesitamos, nadie puede prescindir de nadie. Y en medio de esa fraternidad la experiencia de un Dios que nos convoca cada día a caminar juntos y hacer de la vida, de nuestro camino, un espacio de felicidad para los otros. Un espacio en el que todos podemos participar y disfrutar.

Dignidad

El primer día, en la primera reunión de grupo, donde todos nos presentamos, uno de los chavales que salía de Navalcarnero, con una vida llena de dolor y de heridas profundas, y con muchos años de cárcel, nos decía: "estoy contento de hacer el camino con vosotros porque aquí me siento persona, porque siento que todos somos iguales"; confieso que cuando lo escuché se me saltaron las lágrimas porque era lo que desde la capellanía pretendemos desde siempre, cuando vamos a la cárcel y cuando caminamos juntos, que nos sintamos personas con dignidad y con derechos, hayamos hecho lo que hayamos hecho, pero porque además esa dignidad nos la da Dios nuestro Padre-Madre común y nosotros no tenemos derecho a eliminarla, porque esa dignidad hace que todos podamos equivocarnos pero mirando siempre hacia adelante, haciéndonos eco de nuestros propios errores pero resucitando en nosotros toda la esperanza que nos da el sabernos hijos y hermanos.

El papa Francisco en el mensaje para la jornada mundial de la alimentación de 2013 decía:

"Educar en la solidaridad significa entonces educarnos en la humanidad: edificar una sociedad que sea verdaderamente humana significa poner siempre en el centro a la persona y su dignidad, y nunca malvenderla a la lógica de la ganancia". Esa común dignidad de la que se hace eco el evangelio de Jesús cuando trata a todos por igual, cuando a nadie le pregunta lo que ha hecho, sino que le acoge y le hace "sentirse persona".

Pero el camino de este año también ha tenido mucho de ESPERANZA, esperanza en que las cosas pueden cambiar; llevábamos varios chavales con historias muy rotas, con vidas muy truncadas y llenas de dolor, pero quizás en medio del sufrimiento de lo pasado juntos hemos sido capaces de abrirnos a un futuro esperanzador, que asume todo lo vivido pero que no deja de caminar. El camino tiene también esa dosis de ilusión por llegar a una meta establecida; en la vida también tenemos todos metas, a veces cuesta llegar a ellas pero siempre merece la pena intentarlo.

Tuvimos en la mitad del camino una celebración de la Eucaristía donde hicimos presentes estas experiencias; cuando leímos las parábolas del Reino del evangelio de Mateo constatamos que desde lo pequeño las cosas se pueden ir haciendo, que tenemos que esforzarnos día a día en descubrir que desde lo pequeño se puede construir lo grande, nada menos que el Reino de Dios, que no es ni más ni menos que ese proyecto nuevo de humanidad feliz y plena a la cual Jesús de Nazaret nos convoca cada día.

Cuando en esa Eucaristía nos dimos el abrazo de la paz sin duda que muchos dimos también abrazos a otras muchas personas que por circunstancias allí no estaban, pero a las que nos sentíamos unidos, era un abrazo abierto no cerrado, como abierto es el amor de Dios y tiene que ser también nuestro amor, un abrazo acogedor de todo y de todos.

Todos llevamos mochila

Y quizás la tercera experiencia especial este año, por todo lo dicho, ha sido la de IGUALDAD, igualdad desde el momento en que la diferencia no puede hacernos olvidar lo que somos y hacia donde veamos; la diferencia lógica de edad o de manera de pensar no puede hacernos olvidar que todos vamos por el camino de la vida con nuestras mochilas especiales, algunas nos las hemos hecho y otras nos las han hecho, pero mochilas que podemos compartir y cambiar entre todos. La igualdad básica que supone que todos podemos aportar algo, desde nuestra idiosincrasia especial, para hacer un mundo mejor.

¿Dificultades? Claro que las ha habido, como las hay en cualquier vida, dificultades a veces de cansancio, de perderse, de no saber dónde ir, de no tener claro nada, de no querer seguir, incluso de sueño por los ronquidos... pero dificultades que ponen de manifiesto primero que todos somos imperfectos y que TODOS LAS TENEMOS, y segundo que todos NOS NECESITAMOS, que nadie hay tan perfecto que no necesita a nada ni a nadie; ni nadie hay tan imperfecto que no pueda aportar nada a los otros.

Dificultades en el fondo que nos han hecho crecer, porque nos hacían esforzarnos más a pesar del cansancio, o estar más atentos al camino para no perdernos. Dificultades que como en toda nuestra vida hacen que podamos cada día continuar.

Y a la vez también compartir sufrimientos, dolores y proyectos nos han hecho descubrir que la vida a pesar de todo merece la pena. Y por supuesto nos ha hecho caer en la cuenta de que TODOS LLEVAMOS MOCHILA, de diferentes tamaños, con diferentes utensilios y cosas, con cosas que valen y otras que no, pero que la llevamos llena y que a veces tenemos que aprender a vaciarla y a llenarla de nuevo, y sobre todo que esa mochila no hay porque llevarla solos sino que compartida puede ser mucho más llevadera. Ha sido bonito cuando el chaval de seis años, Mario, no podía y era Roberto, un joven de 17 años el que le llevaba a hombros o de la mano para hacerle el camino más llevadero, bonito porque no se desentendía de este "su hermano menor en el camino".

Abrazar al santo

Y al final, la llegada por fin a la meta de Santiago, besar el suelo tras el cansancio, como hizo nuestro joven Roberto, y abrazar al santo; seguro que en ese abrazo todos pusimos a muchas personas, a muchas situaciones que muchos nos habían pedido. Es verdad que es algo simbólico, pero al hacerlo hacemos real la experiencia de tenernos todos presentes y hacer nuestros las esperanzas y proyectos de muchas personas. En mi abrazo estuvieron presentes como en otras ocasiones los chavales de la cárcel con los que cada día vivo una auténtica experiencia de Dios cuando los visito, puse delante del santo muchas de sus lágrimas y muchas de sus ilusiones; y también abracé en el santo a todas las madres, especialmente con las que nos reunimos una vez al mes, tantas madres desesperadas por sus hijos que mes a mes nos hacen partícipes de su dolor, pero a la vez también de sus esperanzas.

Dos de esas madres fueron este año con nosotros, fueron sin sus hijos físicamente, pero como siempre han sido los llevaban donde llevamos siempre los seres humanos lo más importante de nuestra vida: iban en su corazón, su dolor como madres no impidió que estuvieran siempre en el grupo colaborando, ayudando, y haciendo la vida agradable. Sin duda que en ellas y en tantas otras está también presente nuestra Madre María que nos ha acompañado en nuestro caminar. Abrazo al santo por tanto pero no abrazo a una imagen, sino abrazo a una vida, a una humanidad, a unas personas y a un Dios concreto, humano, que también nos abrazó a todos en aquel momento.

La misa del peregrino es también un momento muy importante; nos nombran al comenzar la celebración y también tengo que decir que a todos se nos pone un nudo en la garganta cuando lo hacen, no por sentirnos protagonistas sino por sentir que hemos sido capaces de llegar hasta allí. Es también un momento fuerte de oración y de presencia de Dios. Al terminar uno de los chavales de la cárcel se me acercó, me abrazó y me dio las gracias diciendo: "me ha gustado mucho la misa, yo no había ido a muchas, pero ésta ha sido muy importante y quiero darte las gracias porque tú la has hecho posible. Perdona porque también en estos días he metido la pata, pero quiero decirte que sepas que nunca olvidaré esta experiencia".

Y en ese abrazo, y en esas palabras, y en esas lágrimas que compartimos los dos, sin duda que estaba el esfuerzo de mucha gente que había hecho posible el camino como cada año, pero estaba también el abrazo y la sonrisa del Dios que cada día nos mueve a ir a la cárcel y hacer lo que dice el Evangelio "estuve en la cárcel y fuisteis a verme". Y también en ese momento emocionado, recordé las palabras de un gran cura, para mí muy importante en mi proceso de formación, fallecido hace algo más de un año, pero que desde el principio me enseñó a ser cura, sin dogmas, sin estructuras, pero sí desde el evangelio.

Recordé la dedicatoria de Santiago, cura de mi San Blas, cuando para mis bodas de plata me regalo un libro sobre la eucaristía donde me decía: "Ven, bendito de mi Padre porque estuve en la cárcel y fuiste mi capellán"; recordé a Santiago, di gracias por él a Dios y di también gracias por permitirme ese Dios visitarle cada día en cada uno de los presos de Navalcarnero y sentirle presente.

Después de la misa fuimos a cenar juntos como ya es tradición nuestro "pulpo gallego" que también es todo un rito en nuestro camino, y luego ya a dormir para por la mañana poder salir hacia Madrid. La despedida siempre es costosa, pero nos llevamos siempre lo mejor de todos y sobre todo las ganas de querer compartir esa experiencia que hemos vivido con tanta gente que no ha podido venir pero que está en nuestros corazones.

Humanos

Días de fraternidad, de humanidad y de nueva vida, y me vienen también las palabras del mártir Romero: "Antes de ser un cristiano tenemos que ser muy humanos. Quizás porque muchas veces se quiere construir lo cristiano sobre bases falsas humanas, tenemos falsos hombres y falsos cristianos. El beato es un falso cristiano que no es tampoco hombre. Muchos que ahora dicen defienden la religión no son ni hombres siguiera, mucho menos cristianos. Me río y de esas defensas interesadas del cristianismo; "auténticos católicos". ¿Con qué derecho se llaman auténticos católicos, si no son ni siquiera hombres que sepan adorar al verdadero Dios, y están de rodillas, idólatras, ante las cosas de la tierra?" (homilía 31 de diciembre de 1978).

Termino este escrito el 26 de julio, después de que ya llevamos aquí varios días, y hoy justo que hace trece años que mi madre no está físicamente conmigo, pero a la que siento cerca. Gracias, porque ella tiene mucho que ver en que yo pudiera ir a la cárcel, gracias porque sin duda ese fue su "milagro" y porque cada vez que visito la "tierra santa de Navalcarnero" siento especialmente su presencia; gracias porque ella me enseñó a ser cura y a descubrir que en la vida no todo está perdido cuando se es capaz de compartir los sufrimientos de los otros; gracias porque a pesar del dolor de su enfermedad y su muerte hoy puedo decir que la siento cerca entre las lágrimas y los abrazos de los muchachos de la cárcel.

Gracias a todos los que hemos compartido estos días, todos hemos hecho posible que fueran importantes y merecieran la pena, con nuestros fallos, con nuestros errores, con nuestras cabezonadas, con nuestras debilidades y fortalezas hemos contribuido a que fuera un éxito, todos hemos aportado lo que teníamos y éramos en beneficio del bien común del grupo. Hemos hecho nuestras las palabras del apóstol Pablo: "no hay libres ni esclavos, hombres o mujeres, porque todos somos uno en Cristo Jesús".

Y por eso también queremos vivir desde aquí otro tipo de iglesia más fraterna y más igualitaria, queremos decir que otra iglesia es posible diferente a la de los dogmas, las condenas y las normas, una iglesia que haga posible el mensaje de Jesús para todos sin distinciones.

En estos días nos hemos sentido "Iglesia peregrina" que camina hacia la meta de hacer posible un mundo mejor para todos. Esa Iglesia que haga creíble en sus gestos y acciones el mensaje de Jesús, el mensaje del Reino, por el que lo mataron y por el que Resucitó y hemos sentido cercano en todos nuestros días de caminar, y siempre en nuestra vida.