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En el capítulo 21 del evangelio de Lucas se encuentra el llamado discurso (Lc 21,5-38) escatológico que trata sobre eventos futuros y sobre el fin de los tiempos. De él leemos hoy un extenso fragmento (21, 5-19). El texto abarca cuatro temas bien diferenciados: 1) el anuncio de la destrucción del templo; 2) advertencia de la aparición de la falsa profecía 3) predicción de calamidades futuras; 4) anuncio de las persecuciones que las comunidades cristianas tendrán que soportar.

La destrucción del templo de Jerusalén marcó un hito importante tanto en la historia del pueblo de Israel como en la vida de las incipientes comunidades cristianas. Es cierto que Jesús se valió del templo para enseñar (19,47; 21:37:38; 22,53), así lo hacían otros predicadores de su tiempo, pero en los textos de Lucas hay pasajes que muestran una actitud crítica de Jesús hacia el templo. En el episodio de la presentación (2,22 ss) cuando se esperaría una descripción de la ceremonia de presentación con la intervención del sacerdote, Lucas hace un giro y dirige la atención hacia Simeón y Ana voces proféticas hablando de Jesús. El episodio más contundente es el de la expulsión de los vendedores (19,45-48) reivindicando el templo como casa de oración. También hay que tener presente el simbolismo (compartido con Marcos y Mateo) del desgarro de la cortina del santuario (23,45). En el libro de los Hechos del Apóstol no se debe olvidar el pasaje del discurso de Esteban cuando recuerda al gran sacerdote y los que lo juzgan que Dios no necesita templos porque "El cielo es su trono y la tierra el 'estrado de sus pies "(Hch 7,49).

En los ambientes judíos fue calando la idea de que la destrucción del templo y la ciudad de Jerusalén por parte de los romanos era el resultado de la incredulidad de Israel y de haber rechazado Jesús, mesías de Israel. Eco de este pensamiento lo encontramos en el propio evangelio de Lucas en un pasaje que complementa nuestro texto donde Jesús, después de lamentarse sobre Jerusalén, anuncia su destrucción causada por no haber "sabido reconocer el momento en que Dios la visitaba "(Lc 19,44). La destrucción de Jerusalén y el templo sonaba como una venganza por mal comportamiento de Israel, tal como lo veía el profeta Oseas: "Ha llegado el tiempo de pasar cuentas, la hora de pagar la deuda ... Que lo sepa Israel! ... porque son muchas sus culpas "(9,7). El tema es también presente en la obra de Flavio Josefo y libros de la literatura extrabíblica como 4 Esdras y 2 Baruc. No olvidemos que Lucas dedica su evangelio al hijo del gran sacerdote Anás, Teófilo que se preguntaba si la destrucción de Jerusalén y el templo eran la consecuencia de haber dado muerte al mesías de Israel.

La destrucción de Jerusalén y el templo propiciaron la huida de muchos cristianos hacia fuera del territorio de Israel. Este fenómeno posibilitó la creación de comunidades cristianas que convivieron con judíos de la diáspora y con paganos afines a la cultura helenista. Este pudo ser el caso de la comunidad de Antioquía, punto de partida de la misión de Pablo.

Al vaticinar la destrucción del templo, Jesús anunció la finalización de muchas más cosas. La falta de templo representó el fin de aquellos que querían monopolizar la presencia de Dios encerrándole en un lugar elitista. Se acabaron los costosísimos sacrificios de animales sufragados por un pueblo empobrecido y desplumado. Fin de la casta sacerdotal más interesada en sacar beneficios del templo que en hacer de él un lugar de oración. Fin del poder económico que representaba el tesoro del templo. Fin de una religiosidad que quería y quiere asegurarse el favor de Dios única y simplemente con formas externas.

Domingo 33 durante el año. 17 de Noviembre de 2019