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Los libros de las crónicas son poco usados ​​litúrgicamente, hoy tenemos la oportunidad de leer un fragmento (2Cr 36,14-16.19-23) del segundo libro que habla del fin del estado de Judá. A diferencia de la forma de narrar la historia, como hacen los libros de los reyes, el cronista se interesa más por la valoración y juicio de los hechos que por su descripción.

Los hechos históricos a que los que se alude en el texto en grandes líneas fueron así: El 17 de marzo del 597 aC. Nabucodonosor conquista Jerusalén, depone Jeconías y lo sustituye por Sedequías, un rey a su gusto. Se produce una primera deportación. Sedequías se rebela contra Nabucodonosor y este emprende el asedio de Jerusalén. Una intervención del ejército egipcio frena por un tiempo el asedio. Judá poco puede esperar de Egipto que pronto se hará atrás. El 29 de julio de 587 aC. se reanuda el cerco. Los babilonios entran en Jerusalén; el rey huye, pero es capturado y contempla la ejecución de sus hijos, le sacan los ojos y es deportado a Babilonia. Poco tiempo después el templo y la ciudad son incendiados y las personas importantes son buscadas, ejecutadas o deportadas a Babilonia.

Lo primero que puede observarse en el texto es el protagonismo de Dios en los hechos que acontecen. Dios es quien envía los profetas mensajeros, es el que se enoja, envía el rey de los caldeos (así son llamados los babilonios), y mueve el corazón de Ciro que propicia el retorno. Dios es señor de la historia y nada de lo que pasa escapa a su control.

El texto destaca el papel que juega la profecía en todo lo que sucede. Los profetas son mencionados de una manera genérica, sin especificar ningún nombre. No podemos hacer un repaso detallado de los profetas que denunciaron el incumplimiento de la alianza o que advertían de la posibilidad del exilio. Fueron la voz incómoda para unos monarcas que eran increpados por su idolatría y las injusticias sociales. Las relaciones entre reyes y profetas siempre fueron tensas y difíciles. El rey necesitaba el apoyo y el consejo del profeta, pero éste no tenía el poder que tenía el rey a fin de que su palabra fuera operativa. De entre todos los profetas, el texto dedica una particular atención al profeta Jeremías. Este tuvo una intervención relevante en los acontecimientos que precipitaron la intervención de los babilonios y el comienzo del exilio.

De Jeremías el autor de crónicas presenta un texto y no es precisamente uno de los que vaticinan la intervención babilónica y la caída del estado de Judá (32,28-35; 34,2-7; 38,17-18) . El texto citado se encuentra en el capítulo 25 versículos 11-12. El profeta relaciona el exilio con el año sabático. Entre un año sabático y otro pasan siete años que, multiplicado por 10, es el tiempo teológico que durará el exilio (históricamente duró 50). El año sabático beneficia a los pobres (Ex 23,10-12), su incumplimiento es ahora castigado por el exilio que tiene una duración basada en una cifra que recuerda el año sabático.

La particularidad del texto es que el profeta prevé la caída de Babilonia. Jeremías observó que el imperio asirio, causante de la caída del reino del norte, había sucumbido. Si Asiria tuvo su fin, por qué los babilonios no debían tener el suyo?. Jeremías piensa que el exilio no será para siempre. El texto sintoniza con el gesto de Jeremías que compra tierras en Anatot porque dice el Señor: "Volverán a comprar campos en este país que ahora ve desolado" (32,43). La compra de campos es imagen del retorno. Ni los babilonios, ni Nabucodonosor tienen la última palabra. Es Dios quien tiene esta última palabra y esto queda claramente evidenciado cuando, valiéndose de la política de Ciro, abre la puerta a la gran reconstrucción del país, del templo y del pueblo.

Domingo 4º de Cuaresma. 11 de Marzo de 201