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En medio de graves crisis, el Sur sigue existiendo, o, resistiendo. Porque como escribía Mario Benedetti y cantaba Joan Manuel Serrat: “Con su esperanza dura, el Sur también existe”.

La pandemia de la covid no ha provocado la actual crisis global, la ha desvelado y acelerado, eso sin duda. Por tanto hablamos de poli-crisis, en una situación que se perfila como endemia (que llegó para quedarse) y de sindemia, puesto que son muchos los hilos entre los cuales se entrelaza la crisis sanitaria.

En ese marco global, América Latina y el Caribe, lleva millones de contagios de covid-19 y decenas de miles de fallecidos, pero ¿cuántos por hambre y violencia?, ¿cuántos por causas muy ligadas a las crisis sanitaria y socioeconómica? Un país tan pequeño como Uruguay, en el 2020, fue noticia por el buen manejo sanitario y el escaso número de infectados; en tanto este año, 2021, por estar en el primer lugar en el promedio de contagios y fallecidos.

Por otra parte, las crisis políticas y los estallidos sociales en esta región también son noticia, ya sea desde Brasil, Perú, Chile o Bolivia, sin contar las situaciones de países más al norte como Colombia y México, ni los sucesos recientes de Haití. Los retrocesos en materia de derechos son notorios en nuestros países. No obstante, en algunos casos hay caminos que se van abriendo, como es el caso de la nueva Asamblea Constituyente en Chile.

Pero me voy a centrar en un hecho que anima a la esperanza contra toda esperanza, parafraseando a San Pablo, en mi país, Uruguay. Es tan pequeño, entre dos grandes colosos como son Argentina y Brasil, tanto en territorio como en densidad de población, que solemos llamarlo con cariño “el paisito”. Este paisito tuvo quince años de gobiernos “progresistas”, con presidentes que se han dado a conocer en Europa como Tabaré Vázquez y José (Pepe) Mujica. A fines del 2019 las elecciones nacionales las ganó una coalición conservadora, que asumió el 1° de marzo del 2020, pocos días antes de decretarse el “estado de emergencia sanitaria”.

Dicha emergencia, con su capacidad de desvelar las otras crisis, nos encontró con un nuevo Gobierno, con orientaciones opuestas a las que nos habíamos acostumbrado por quince años, que algunos errores, y el propio desgaste acumulado por el Frente Amplio, lo llevó a perder por 37.042 votos. Así como lo leen, la coalición ganadora, con el lema Partido Nacional, obtuvo 1.189.313, en tanto que el Frente Amplio obtuvo 1.152.271, votos válidos; en porcentajes hubo un 50,79 %, contra 49,21 %. Si doy estas cifras y porcentajes, que pueden verificar fácilmente, es para que se note palmariamente la escasa diferencia y que este país está, como lamentablemente casi todos, dividido en mitades.

Con este escaso margen de votos, era de esperarse un Gobierno con atención, o por lo menos respeto, a la otra mitad del país, más aún en una situación de emergencia sanitaria global. Pues no fue así. El Gobierno se ha manejado desde su instalación como si hubiese ganado por una gran diferencia y tuviese amplio margen para imponer su modelo político y económico. En su defensa se podría decir que está cumpliendo con lo prometido en campaña, un giro total.

En este contexto, contexto de pandemia, desconcierto e incertidumbre general, en un país paralizado por temor al virus, tal como se había anunciado en campaña electoral, se elevó al Parlamento la llamada “Ley de Urgente Consideración” (LUC). Por ser tal, tenía un plazo muy breve para su consideración en las cámaras. Cumplido el mismo, a cuatro meses de instalado el Gobierno, el 9 de julio del 2020, fue aprobada por el Senado de la República la Ley N° 19.889 con 476 artículos. Obviamente el plazo y las circunstancias no permitieron un amplio debate público, ni el estudio detallado por parte de los legisladores, ni hubo posibilidad de grandes modificaciones al texto original, si bien algunos artículos no fueron votados.

Esta Ley, en su conjunto, implica consolidar en forma legal el rechazo a los avances en materia de derechos logrados durante los gobiernos de izquierda, lo cual significó un duro golpe, no sólo a los políticos de esa línea, sino fundamentalmente a las clases más vulnerables y a la población en general. Con la LUC se pierden garantías a todo nivel: desde lo laboral a la seguridad en materia jurídica y de Derechos Humanos, pasando por la seguridad económica y de asociación para la defensa de los mismos. Ante la implantación de esta Ley, muchos -en  medio de la pandemia y la crisis económica desatada- se resignaron y bajaron los brazos sintiéndose derrotados e impotentes.

La buena noticia que os quiero comentar, es que no todo el país bajó los brazos, algunos decidieron dar batalla, legal, por supuesto. La Constitución de la República Oriental del Uruguay, posibilita el recurso de promover un referéndum en el cual los ciudadanos, mediante elecciones nacionales, puedan refrendar o inhabilitar una ley aprobada por el Poder Legislativo y promulgada por el Ejecutivo. Para llegar al referéndum es necesario que la ciudadanía se organice, se instale una “Comisión Nacional Pro-Referéndum” a fin de obtener el 25% de firmas de ciudadanos habilitados a votar.

Recuperadas tímidamente las fuerzas, tras la aprobación de la LUC, en primer lugar, la Central Nacional de Trabajadores (PIT-CNT) junto con otras organizaciones sociales, y luego dirigentes del Frente Amplio, se fueron sumando, hasta dar forma al planteo para impugnar 135 artículos. Así, el 29 de diciembre del 2020 se lanza la “Campaña Pro-Referéndum”, que debía recoger 672.000  firmas antes del 9 de julio, es decir antes del año de aprobada la ley.

La recogida de firmas no fue nada fácil, no se podían hacer actos ni marchas, ni estaban permitidas las concentraciones públicas, ya que en el 2021 sí nos tocó una fuerte ola del virus, pero además porque el país estaba desmovilizado. La campaña fue lenta y parecía condenada al fracaso, casi a la vergüenza, y, sin embargo, ¡este paisito es una caja de sorpresas!

El sur sigue existiendo y resistiendo. En los últimos quince días faltaban aún miles de firmas y allí se produjo el milagro, como en esos minutos finales de un muy difícil partido de fútbol: los uruguayos lejos de achicarse, se levantaron dispuestos a “sudar la camiseta” hasta el final. El 8 de julio se entregaron a la Corte Electoral 797.261 papeletas firmadas y hubo fiesta, mucha fiesta durante muchas horas. Como en Caná de Galilea, el mejor vino se sirvió al final.

A la Corte Electoral le compete verificar una a una y aprobar las firmas, muchas se pueden anular por distintas razones, pero difícilmente se anulen 120.000 firmas, por tanto es muy probable que, cumplidos los requisitos y plazos legales, haya Referéndum el próximo año.

Este sur, al que le cantaron Mario Benedetti y Joan Manuel Serrat, este sur en pequeñísimo que es Uruguay, que parecía adormilado y vencido, se ha puesto en pie y ha dicho que quiere que sean todos los ciudadanos los que decidan si esos 135 artículos, los cuestionados por más peligrosos, seguirán vigentes o no. La campaña será seguramente muy dura, con argumentos y contraargumentos, con el papel de los medios de comunicación jugando seguramente de un lado y todo lo que ya sabemos, pero lo que celebramos es este ponerse en pie de la ciudadanía y salir paso a paso del sepulcro, desatándose las vendas, cual Lázaro al grito de Jesús.

Eso fue lo que vimos en el último mes, más aún, en los últimos diez días: en cada esquina una mesita con papeletas para firmar. Empezaron a recoger las firmas a principio de año algunos militantes y trabajadores convencidos; luego salieron los más veteranos, hombres y mujeres con canas, gafas y sus viejos sueños rotos; al final los jóvenes con su impulso. En los días de julio familias enteras ya no sólo se sentaban a esperar pacientemente las firmas, sino que caminaban por las calles preguntando a todos si deseaban firmar y explicaban -como podían o sabían- las razones. Fue cuerpo a cuerpo, y a contrarreloj, porque el Gobierno negó a la Comisión Pro-Referéndum tanto el pedido de extensión del plazo como la presentación de los argumentos por Cadena de Prensa.

Cuerpo a cuerpo, con tapabocas, claro, mano a mano, alma a alma, se fue logrando esta hazaña de casi 800.000 firmas en un país de poco más de 2.600.000 habilitados para votar. De hecho, luego de entregadas las mismas y en medio de los festejos había gente que seguía firmando o queriendo firmar, aunque ya no sirvieran, como gesto de adhesión. “Podrían haberse decidido antes” -pensé-, pero así como muchos judíos creyeron en Jesús y fueron a Betania después del “milagro”, muchos uruguayos creyeron después de ver cargar y llevar en procesión las cajas azules con miles de voluntades, que era posible llegar al referéndum.

Fernando Pereira, presidente de la Central Sindical Nacional, que se confiesa cristiano en un país marcadamente laico, dijo con orgullo al entregar las firmas: “Si algo ha sobrado en esta campaña, ha sido amor”. Sí -agrego yo- amor concretado en defensa de la democracia y de la madurez ciudadana, en tiempo entregado, en paciencia, en respeto a todos. Con renacida esperanza, esa niñita de nada, al decir de Peguy, podemos recitar o cantar el final del poema El Sur también existe:

“…Pero aquí abajo, abajo
cerca de las raíces
es donde la memoria
ningún recuerdo omite
y hay quienes se desmueren
y hay quienes se desviven
y así entre todos logran
lo que era un imposible
que todo el mundo sepa
que el Sur,
que el Sur también existe”.

[Fotografía de Ernesto Ryan de la marcha que acompañó las firmas hasta la Corte Electoral, el 8 de julio de 2021, en la plaza Cagancha. Publicada en la diaria]

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