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Francisco José PérezEntre las tareas fundamentales que afrontamos está el cómo se puede perder el miedo a la libertad para poder reconocer nuestra esclavitud, algo que está relacionado con la necesidad de revertir la correlación actual entre el miedo y la esperanza, si aspiramos a transmitir unas expectativas de futuro positivas. Embarcarnos en esa tarea no es posible sin acercarnos a la realidad del hombre y la mujer de hoy y, sobre todo, sin plantearnos cuáles son la demandas del hombre y la mujer actual: ¿tienen necesidad de salvación?, ¿cómo la perciben y la demandan?, ¿realmente esperan algo más que ciencia, técnica, desarrollo material y bienestar?

No se trata de un ejercicio teórico, sino plantearnos cómo anda nuestra confianza en los hombres y mujeres concretos de nuestro tiempo, conscientes de que la liberación sólo es buena noticia para aquellos que sienten su necesidad; que el anuncio de la liberación sólo puede ser significativo, si responde a los anhelos y expectativas profundas del ser humano. Por eso, examinar nuestra fe en la persona, si creemos que todavía es capaz de mantener vivos esos interrogantes profundos del ser humano que nos dotan de humanidad, que siguen en el fondo de su conciencia, que aún no han podido aniquilarlos, aunque se encuentren reprimidos, y oprimidos, pero siguen clamando por ser liberados.

Si a las personas se nos privase de un destino trascendente, la vida quedaría reducida a un episodio irrelevante que hay que llenar de bienestar, de experiencias placenteras, de disfrute exhaustivo de lo inmediato… Pero si no es así, las personas necesitamos algo más que no puede proporcionarnos el mercado: la gratuidad del amor. El hombre y la mujer nuevos, capaces de crear un mundo nuevo y una sociedad nueva, no pueden surgir de patrones económicos, mercantiles y técnicos, sino desde la libertad iluminada y estimulada por la gratuidad del amor, que hace nuevas todas las cosas.

La libertad y el amor, cuando se comienzan a vivir, nos hace ir tomando conciencia de la profunda ruptura con la naturaleza, de la insuperable división entre la humanidad (hombre-mujer; rico-pobre, centro-periferia, norte-sur, etc.) que dan lugar a la discordia y el antagonismo, la dominación y la violencia, y dejan al descubierto el profundo desgarro interior y el vacío existencial en que nos desenvolvemos. Aquí surge otra necesidad profunda: la de reconciliación con la naturaleza, con nosotras mismas, con las otras personas y, para los cristianos, con Dios.

A la hora de superar el miedo y la falta de esperanza que potencian el nuevo totalitarismo, resulta conveniente plantearnos cómo estamos afrontando las luchas liberados y, si pueden ser fuente de esperanza. Para ello, cabe recordar que la dominación social, política y cultural siempre es resultado de una distribución desigual de poder, de modo que quien más poder tiene limita o destruye las expectativas de vida de quien no tiene poder, o tiene menos. Limitación o destrucción que se manifiesta en diversas formas de opresión: desde la discriminación hasta la exclusión, desde la marginación hasta la eliminación física, psíquica o cultural, desde la demonización hasta la invisibilización.

Como ya hemos señalado, los principales factores que están tras esa dominación son: el capitalismo, el colonialismo, el patriarcado y la dominación de la naturaleza. El primero es originario de la modernidad occidental, mientras que los demás existían antes, pero fueron reconfigurados por el capitalismo.

  • La dominación capitalista se fundamenta en la explotación del trabajo asalariado a través de relaciones entre seres humanos formalmente iguales.
  • La dominación colonial se asienta en una relación jerárquica entre grupos humanos por una razón supuestamente natural, ya sea la raza, la casta, la religión o la etnia. Al contrario de lo que vulgarmente se piensa, la independencia política de las antiguas colonias europeas no significó el fin del colonialismo, significó la sustitución de un tipo de colonialismo (el colonialismo de ocupación territorial efectiva por una potencia extranjera) por otros (colonialismo interno, neocolonialismo, imperialismo, racismo, xenofobia, etc.).
  • La dominación patriarcal implica otro tipo de relación de poder, pero igualmente basada en la inferioridad natural de un sexo o de una orientación sexual.
  • La dominación de la naturaleza mediante la explotación de los recursos naturales resulta una condición necesaria para la acumulación de capital, lograrlo requiere la intervención del estado regulando el acceso a los recursos y haciéndose cargo de las consecuencias negativas del desarrollo, como forma de defender los intereses de las clases dominantes, y que la naturaleza pueda ser explotada de forma durable.

Características y dimensiones del cambio necesario

A lo largo de mis tres últimos artículos hemos ido viendo como la complejidad del mundo actual propicia el miedo y ahoga la esperanza, factores que facilitan el auge de los nuevos totalitarismos y que muchas de las conquistas que se lograron tras importantes luchas en el siglo XX desaparezcan o sufran un retroceso generalizado. Todo esto tiene que ver, sin duda, con la amplitud de la dominación capitalista, y la parcialidad e insuficiencia de las respuestas alternativas a esos problemas que venimos señalando: capitalismo, patriarcado, migraciones, medio ambiente…

El cambio que pretendemos para hacer frente al auge de los nuevos autoritarismos ha de ser entendido, por tanto, como una lucha contra la opresión y la dominación en sus diferentes aspectos: económica, social, política y cultural. Una lucha que requiere avanzar en la consolidación de una cultura y unas prácticas democráticas, una de cuyas señas de identidad ha de ser la participación popular, superando su reduccionismo al voto y la confianza en las élites gobernantes, fomentando entre la ciudadanía la conciencia de su capacidad y competencia para intervenir y participar activamente en la política.

Con frecuencia las luchas se conciben como una disputa contra los “excesos” de esas esferas explotación y dominación señaladas, y no contra su raíz profunda. Por tanto, será necesario revisar los objetivos a largo plazo de las fuerzas y movimientos de liberación. Además, no vale cualquier forma para lograr esos objetivos, es necesario fortalecer la democracia representativa con la democracia participativa, teniendo en cuenta que lo que está en juego es una democracia digna de ese nombre, y lo está comenzando desde los ámbitos más cercanos de nuestras relaciones.

Avanzar en esa dirección implica, sin renunciar a otras dimensiones, dar prioridad a la batalla de las ideas, recuperar la iniciativa en la definición de las ideas sobre la sociedad y en las interpretaciones del mundo y de la vida, a fin de ir superando la colonización del pensamiento que tan dramática resulta. Una ofensiva que debe incluir la educación (tanto la formal y reglada como la educación popular, las universidades…), los medios de comunicación, en particular con nuestro apoyo a medios alternativos, las redes sociales, las actividades culturales… No es posible superar el nuevo totalitarismo y avanzar por el camino de la liberación sin promover una crítica a un sistema de educación que fomenta los valores y las subjetividades que sustentan el capitalismo y las relaciones coloniales, racistas, antiecológicas y sexistas, y la construcción de una educación liberadora.

En esa perspectiva, podemos comenzar por repensar el tipo de ideas que difundimos y las críticas que realizamos. Por ejemplo, si nuestras críticas o condenas del capitalismo se centran más en la corrupción que en la injusticia sistemática de un sistema de explotación y dominación…; si nuestra defensa de la redistribución va unida a la existencia de un crecimiento económico sostenido; si hablamos de mejorar la eficiencia de los servicios públicos pero “sin perjudicar a los ricos”, es decir, sin alterar el modelo de acumulación capitalista…En definitiva, plantearnos si no estaremos favoreciendo una democracia de baja intensidad, que renuncia a trasformar el sistema, y se conforma con ciertas cotas de redistribución…

Son necesarios planteamientos radicales, que apunten a transformar las raíces del sistema. Así, a modo de ejemplo, es necesario compatibilizar la eficiencia de los servicios públicos con su democratización y descolonización; es necesario ampliar la desmercantilización la vida social, no sólo a través de políticas sociales y los servicios públicos, sino también promoviendo economías no capitalistas… ya que el capitalismo, abandonado a sí mismo, sólo conduce a más capitalismo por trágicas que sean las consecuencias.

Sin planteamientos claros y conscientes corremos el riesgo de caer en esa nefasta competición con los movimientos neofascistas por el concepto de lo nacional. Por ello es urgente plantearse cómo desde la esfera del estado-nación es posible realizar dinámicas de autogobierno; que es posible establecer un principio de subsidiariedad en los distintos niveles de gobierno: hay asuntos que se pueden afrontar mejor desde lo municipal, otros desde el marco del Estado y otros son problemas supranacionales. Y ello sin renunciar a la prioridad de la emancipación de todas las personas subordinadas y subyugadas por un capitalismo, sin renunciar a defender mejoras en las formas de vida de la “clase obrera española” que no se sustenten en arrasar, invadir, expoliar, aniquilar otros territorios y otras vidas.

Necesitamos una nueva educación y una nueva cultura para construir una conciencia crítica, a partir de nuevos sentidos, valores y criterios desde los que valorar la vida social y la acción política. Sin esta base, la esperanza no podrá sobrevivir al miedo.

Superar los convencimientos profundos que anidan en nosotros y sostienen el sistema (la naturalidad de los privilegios, la concentración de la riqueza, la discriminación racial y sexual, la corrupción…) resulta una tarea titánica, aunque imprescindible. Para comenzar, es necesario vencer el convencimiento de que no existen alternativas y afrontar el miedo a perder los niveles de consumo y bienestar, tan ampliamente extendidos. Simultáneamente, defender un modelo alternativo de desarrollo, fundado en conceptos como el buen vivir, la naturaleza como ser vivo y limitado y, en consecuencia, sujeto y objeto de cuidado; una economía y una sociedad basadas en la promoción de la solidaridad, la defensa de los bienes comunes, el pluralismo y la diversidad cultural y social, la interculturalidad, la plurinacionalidad, la participación popular mediante diferentes formas de ejercicio democrático y de control ciudadano….

Hablamos de construir una hegemonía cultural, tarea que requiere repensar quién es el sujeto principal, si los partidos políticos o los movimientos sociales, y repensar la relación entre ellos… Ese debate no puede obviar, en ningún momento, la necesidad de facilitar la entrada en la vida política de grupos sociales considerados marginados y residuales, de ampliar la diversidad cultural… Un terreno en el que tienen ventaja los movimientos sociales.

Los movimientos indignados, en nuestro caso el 15M, han vuelto a poner de relieve la relación y articulación entre partido y movimientos sociales, entre democracia representativa y democracia participativa. Recordando otros momento de nuestra historia reciente: relación/desembarco de los partidos políticos en el movimiento vecinal en la transición; la relación partido y sindicatos; la experiencia de Izquierda Unidad… tendríamos que aprender que la tendencia a subordinar a los movimientos sociales, a propiciar el clientelismo, resulta nefasta para consolidar respuestas populares transformadoras sostenibles en el tiempo; genera frustración y explica esos vaivenes de subida rápida y caída acelerada, en las fuerzas políticas que la ejercen.

Por otra parte, un movimiento o partido liberador deberá posicionarse claramente frente a las medidas y políticas adoptadas por los gobiernos llamados de izquierda, con los intentos trasformadores que se intentan en diversos países. Y es que cuesta ser críticos con aquellas iniciativas de gobiernos con los que nos identificamos en alguna medida, lo que puede llevar a peligrosos dogmatismos, al silenciar, por complacencia o temor de favorecer a la derecha, las críticas a los errores, desviaciones y hasta perversiones por las que han pasado estos procesos, perdiendo así la oportunidad de transformar la solidaridad crítica en instrumento de lucha. Nunca se debe ahogar el espíritu autocrítico, por ello, junto a los logros, es necesario reconocer los errores e insuficiencias.

Imagen extraída de: Pixabay

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