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J. I. González FausDesfiguro un poco los datos de esta historia, ocurrida estos días pasados en un lugar de España de cuyo nombre no quiero acordarme y que es de esas de la que nunca hablarán los medios de comunicación.

1. Los hechos.- Al buen amigo Emiliano le llegó la edad de jubilación. Sintiéndose con fuerza y ánimo, decide presentarse a las pasadas municipales y obtiene una concejalía en el ayuntamiento del lugar donde vive.

Al poco tiempo se entera de que le corresponde por ella un sueldo de 33.000 € anuales, además de 500€ por la asistencia a cada reunión del consistorio.

El sueldo le parece excesivo e intenta renunciar a esos miles de euros para reinvertirlos en su pueblo o ciudad. Pero resulta que eso no es posible: esos dineros pertenecen a la partida de “salarios” y, si él no los cobra, servirán solo para aumentar los ingresos de los demás concejales. Cuando nuestro amigo protesta e intenta cambiar eso, sus colegas le desautorizan acusándole de “marxista”.

Esos son los hechos. Y parece que esos hechos reclaman alguna reflexión.

2. Los sueldos.- Una de las grandes injusticias a cambiar en nuestra Constitución es que los políticos, aunque casi todos ellos profesan una gran fe en la sabiduría del mercado para administrar justamente las cosas, a la hora de entrar ellos en el mercado de trabajo, rehuyen someterse al dictamen de esa entidad tan justa y tan sabia, y se asignan ellos mimos el sueldo. Es necesario buscar la manera de que algún otro poder o comisión, representante del pueblo e independiente de los políticos, sea quien dictamine cuál debe ser el salario de esos empleados del pueblo.

Porque esas atrocidades se repiten. Hace ya tiempo comenzó a usarse entre nosotros ese eufemismo de las “puertas giratorias” por las que han pasado tanto socialistas como neoliberales. Creo también que cualquier independentista catalán, con todo derecho a serlo, pero también, con mediano sentido de la ética, debería negarse a luchar por la independencia al lado de un President que gana 147.000 euros anuales por no hacer prácticamente nada (casi 25 millones de las antiguas pesetas, para que lo entienda la gente de más edad, cerca del doble de lo que gana el presidente del gobierno español). Y además tiene la desfachatez de subirse el sueldo, para luego destinar a “fines benéficos” aquello que se ha subido. ¡Sapientísima manera de practicar la caridad!

A lo mejor es que los políticos son tan sabios que aceptan aquello de que “el ser humano vale por su ser, no por lo que hace”. Pero lo entienden muy mal porque lo que quiere decir esa verdad tan seria es que hombres y mujeres valemos por el hecho de ser seres humanos, no por el hecho de ser políticos…

3. El buen ejemplo.- Algo muy serio falla en un sistema así. Algo que pone en peligro la democracia, uno de cuyos valores fundamentales es la igualdad. ¿Se han ocupado nuestros políticos de saber cuánta gente trabajadora (no simplemente en paro) acude a los comedores de Cáritas, porque son eso que solo nos atrevemos a decir en inglés (working poors) como si se tratara de algo que no existe entre nosotros? Pues ya podrían irse enterando.

En una sociedad democrática y laica, la institución política viene a ser algo análogo a lo que, en las sociedades teocráticas, eran las iglesias. Eran la autoridad social. Y lo eran porque se les suponía (como el valor al soldado) que eran además un referente ético. Si nuestros políticos dejan de ser un referente, lo normal es que la democracia se vaya desintegrando, que la estabilidad se vuelva cada vez más difícil y que vayan apareciendo esos grupos, hartos o visionarios o extremistas de un lado y de otro, a los que no conseguiremos eliminar simplemente poniéndoles ese etiqueta enigmática de “populistas”.

Porque si la gente cree que los políticos nos roban y los bancos nos roban, ¿quién podrá librarnos de esa peste del individualismo antisocial que quizá es la más grave de las enfermedades de nuestra sociedad?

Imagen de mohamed Hassan en Pixabay 

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