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Manfred NolteResurge periódicamente, como lo hace el río Guadiana en los ojos orográficos a los que da su nombre, la crítica, generalmente constructiva, de los habituales parámetros de medición de nuestra economía, en especial, aunque no solo, del PIB, del Producto Interior Bruto. No se aportan novedades extraordinarias que promuevan de una vez por todas la decisión política de dar por finiquitado un índice que nació en la estela de la gran crisis financiera de 1929, atribuido al nobel Simon Kuznets, como termómetro cuantitativo para valorar la recuperación de la economía yanqui y, por añadidura, de las economías que quisieran someterse a su evaluación. Pero su mero recordatorio evoca dudas viejas y nuevas y ayuda a relativizar algunos grandes fetiches de la ciencia de Adam Smith.

A su nacimiento, se trataba de un ‘gadget’ o adminículo al que nadie prestó gran atención, pero que ha probado a lo largo de casi una centuria ser de una ayuda impagable en la siempre difícil tarea de evaluar el progreso de la sociedad y de las personas que la forman, con la tácita convicción de que el avance en lo material y lo medible constituían una aproximación válida al progreso personal e interior, eso que llamamos el bienestar y, si se desea, la felicidad humana. Una elevación salarial, sobre todo en las clases menos pudientes, siempre es aplaudida. Sin restricciones mentales.

El debate acerca de todo aquello que contribuye a la felicidad de la ciudadanía ha colmado en las bibliotecas, estanterías llenas de concienzudas reflexiones. Muchas y distintas han sido citadas como causas de la felicidad, algunas por su obligada presencia y otras por omisión. En ninguna se ha excluido la responsabilidad de la economía en tan alto cometido. Y, en efecto, en ninguno de los modelos han sido descartados aquellos ingredientes materiales que constituyen el consumo del individuo, constituyendo este la parte mayoritaria de la demanda agregada, que es lo mismo que el PIB.

Pero, impertérrita, la duda permanece ahí. Una duda que surge, insobornable, de uno de los postulados básicos del índice centenario, según el cual solo se computa lo medible y solo es medible lo que viene expresado por un precio. Ya en su momento la ‘Comisión Internacional para la medición del desempeño económico y el progreso social’ surgida de entre los estragos de la gran crisis, concluyó en un documentado informe encargado a tres pesos pesados de la economía social, Joseph Stiglitz, Amartya Sen y Jean-Paul Fitoussi, que el PIB no era una medida idónea del bienestar. Lo que medimos se refiere a lo que hacemos de forma medible y, si además medimos prácticas, hábitos o conductas inadecuadas o irrelevantes, compilaremos por partida doble un índice inadecuado o irrelevante. Prestando atención exclusivamente a los componentes materiales -aunque necesarios- del bienestar, confeccionamos un medidor exclusivamente materialista, y aquí se abre la gran brecha en la homologación incondicional del PIB.

Hay más indicadores. La Unión europea produce periódicamente un estudio titulado ‘European Quality of Life Survey’. La OCDE presenta anualmente desde 2.007 su  ‘Índice de calidad de vida’  (‘Better Life Index’). El Instituto ‘Legatum’ publica un ‘Índice de prosperidad global’ (Global Prosperity Index’), una sofisticada interpretación de indicadores económicos y no económicos. Destacan igualmente  el ‘Índice de desarrollo humano de Naciones Unidas’ (‘The United Nations’ Human Development Index’) y la reivindicación del Reino de Bhutan de su concepto de ‘Felicidad nacional bruta’ (GNH—‘gross national happiness’). Y el informe de felicidad global “World Happiness Report,” de Naciones unidas que declara a los países escandinavos como los países mas felices del planeta, mientras que sitúa en África a los más desventurados.

Más recientemente, la publicación de Thomas Sedlacek, un provocativo economista checo de nombre, que lleva por título Economía del bien y del mal, ha ahondado, junto a otros muchos autores, en la esencia de los bienes objeto del consumo humano. Sedlacek refiere una verdad incuestionable. La dimensión numérica y analítica está ahí y cumple funciones insustituibles en la vida. Pero los humanos consumimos en función de nuestras preferencias, que son nuestros valores. En muchas ocasiones estos se refieren a la dimensión numérica, esto es, a sus precios. Todos necesitamos comer, vestirnos y habitar una vivienda.

El precio nos proporciona información precisa para acometer esos menesteres. Algunos valores tienen precio. Pero junto a ellos hay muchos valores que no tienen precio. Asignárselo sería someterlos al ridículo, minimizarlos sin sentido: el amor materno, la amistad, la estética, la búsqueda de la verdad y la justicia. Todos estos valores carecen de precio y no se sienten representados por el gran índice macroeconómico. La disciplina económica se confunde con la contabilidad. Pero ¿de qué sirve la contabilidad cuando en gran medida lo que motiva nuestras vidas es difícil de calcular o completamente incalculable?

Dejado a sus impulsos numéricos, el economista borraría todas las pausas establecidas en un concierto de Beethoven. Las pausas serían meros vacíos ineficientes. Retrasarían la melodía y no parecería razonable pagar a una orquesta cuando deja de tocar.

Dicho lo cual, parece claro que el PIB no es el índice perfecto al que aspiramos, pero queda un largo camino antes de que otro nuevo indicador sea coronado en su lugar.

Imagen extraída de: Pixabay

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