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J. I. González FausHermana mía:

No te extrañe que te escriba. Si ya ¡hasta he escrito cartas a Dios! Me pasa que, de tanto escribir, pienso mucho mejor escribiendo. Y como el escribir a solas es aburrido, imaginarme un interlocutor me inspira más. Esta vez has sido tú la víctima, porque tengo alguna pregunta perdida por ahí…

No voy a preguntarte si fuiste tú la primera testigo de una aparición del Resucitado (como cuenta Juan) o si fue todo el grupo de mujeres (como cuenta Mateo) o si, como narra Marcos, las mujeres salisteis todas asustadas sin decir nada a nadie. Sabemos ya que estos interrogantes, tan importante para nuestra curiosidad (que no para nuestra fe), eran ajenos a las intenciones de los evangelistas que, además, se debieron encontrar con distintas tradiciones orales, en parte coincidentes y en parte distintas. Sé que lo importante para los evangelistas en este caso es el dato de que el Resucitado se refiere a los apóstoles como “mis hermanos”, y en esto coinciden tanto Mateo como Juan. Lo importante es esa nueva situación nuestra desde la Resurrección de Jesús.

Pero me queda otra pregunta que puede tener más significado. No sé si tú eres la misma prostituta de aquella escena que cierra el capítulo 7 del evangelio de Lucas. Antes se daba por cierta esa identificación, quizá un poco a la ligera, pues Lucas nunca dice que esa escena de la pecadora ocurriera en Magdala, aunque es verdad que, solo 2 versículos después, nos cuenta que la primera de las mujeres que acompañaban a Jesús era “María, la llamada Magdalena, de la cual habían salido siete demonios”. Estos son los datos que yo conozco y creo que con ellos no se puede llegar a ninguna conclusión cierta.

Hoy hay muchos que dan por evidente la no identificación entre la prostituta de Lucas 7 y tu persona. Me pregunto si no es más por razones afectivas que por argumentos científicos… Quizá se pueda añadir que, dado lo que eran los villorrios de en torno al lago por donde Jesús se movía, Magdala era uno los poquísimos que podían tener una prostituta, dado que tenía industrias de salazones (para llevar el pescado a Jerusalén) y eso le daba un aire más urbano y un nivel de vida superior a los del entorno. Flavio Josefo dice que tenía unos 40.000 habitantes pero tampoco son cifras seguras. Creo que no podemos decir nada más.

Pero si me intereso por tu identidad, creo que no es sino por pura curiosidad sino porque esa pregunta científica puede esconder otra cuestión mucho más seria. Me explico:

Dos o tres veces he visto por ahí este título: “María Magdalena no era una prostituta”. Cabría preguntar al autor o autora que cómo lo sabe. Pero yo prefiero preguntarle si dice eso queriendo reivindicarte y defenderte a ti. Pues esa voluntad de “desfacer entuertos” a lo don Quijote, refleja una definición de la prostituta como pecadora. Y esa es una definición totalmente machista, hecha desde una óptica masculina. Por supuesto habrá habido, y hay, algunas prostitutas que sean verdaderas pecadoras: como aquellas rameras contra las que avisa el libro bíblico de Ben Sira. Pero ese calificativo no vale para la mayoría de ellas.

En la mayoría de los casos la prostituta no es una pecadora sino una víctima. Y el poder patriarcal ha impuesto como evidente el primer adjetivo, como suele hacer también nuestra economía machista cuando nos dice que los pobres lo son “por su culpa”. Y claro que algunos lo serán por eso. Pero la mayoría no. Hace ya bastantes años escuché decir a Iñaki Gabilondo, en un programa de televisión, que más del 90 % de las prostitutas que hay en España lo son contra su voluntad. Pero ahí siguen.

Con nuestra indiferencia ante esa tremenda tragedia, el verdugo queda libre de culpa y la víctima se convierte en culpable. Y repito: eso no es verdad en la mayoría de los casos. Por eso me duele que una rama del feminismo actual (el que llamo feminismo burgués), nunca haya abierto la boca para protestar contra tamaña calumnia: ¡como si esas pobres prostitutas no fueran mujeres de las que debería preocuparse todo feminismo auténtico!

Si tú, querida Magdalena eras de ésas, como sospecho, me entenderás mejor que esas pseudofeministas: sabrías muy bien que uno de los mayores sufrimientos de cualquier víctima lo provoca el hecho de no poder verse reconocida como víctima ni como maltratada. Y solo Dios sabe la cantidad de lágrimas ahogadas, o derramadas en la soledad y el silencio, que ese dolor ha provocado en la mayoría de las prostitutas.

Concreciones de ese dolor hay muchas: es típica la crueldad irresponsable del macho que se niega a ponerse un preservativo aún a riesgo de contagiar a la pobre mujer. Es tópica esa relación en la que el eufemísticamente llamado “cliente” se encapricha con una muchacha y juega con ella: cuando ella busca cariño, la maltrata, pero cuando quiere dejarlo de una vez, se pone amoroso y tierno y la engaña. Es más frecuente de lo que pensamos que la relación sexual acabe con violencia física (moratones, mordiscos y demás golpes…), porque el hombre no soporta la dependencia que le ha creado aquella mujer o su propio descontrol sexual, y se venga castigándola a ella en lugar de castigarse a sí mismo.

Para otros casos en los que hay cambio constante de pareja, he oído dos veces a hombres casados el comentario de que “cada día la misma comida, cansa”. A lo que intenté responder que si tu mujer y las otras son para ti solo un plato, ya no hay más que hablar. Y clama literalmente al cielo la situación de tantas muchachas, secuestradas como esclavas a las que se les ha robado la documentación, se les ha impuesto una deuda bien alta, real o ficticia, que las mantiene sometidas, y ni se les permite salir de casa para que no puedan escapar.

Por todo eso, Magdalena admirada, amiga íntima de Jesús, siento mucho que el evangelista Lucas no aclarase más tu identidad. En el caso de que fueras aquella pecadora que unge a Jesús al final del capítulo 7 de Lucas, entrando en la casa del fariseo que le había invitado a comer, siento mucho que el evangelista, quizá por honestidad narrativa, no diga nada de qué fue lo que provocó esa conducta tuya. Me hubiera gustado saber cuál fue para ti eso que llama La puerta abierta, una gran película que solo podía ser hecha por una mujer. Saber si hubo alguna forma de encuentro previo: quizás una mirada furtiva y tierna que derritió todas tus murallas interiores, o si fue solo la fama y lo que oías decir de Jesús la que te dio suficiente fuerza, suficiente locura y suficiente arrojo como para jugártelo todo a una carta difícil, corriendo aquel riesgo con la certeza de que era un “ahora o nunca”. Tu fe te salvó, como solía decir el Maestro.

Nunca sabremos si eras tú o no la pecadora de esa escena que cuenta Lucas. Pero al menos se nos dice que habían salido de ti “siete demonios” (y 7 es número de plenitud). En cualquier caso, no estoy nada seguro de que decir que María Magdalena no era una prostituta, sea una forma de defenderla y ensalzarla. Tú sabes bien que si lo mejor de la tradición cristiana (que es lo menos conocido de ella) te llamó pecadora, no fue para denigrarte como mujer, sino para recordarnos que el amor del Dios es capaz de sacar del mayor pecador una santidad superior a las de todos los buenos, siempre tan amenazados por esa tentación del fariseísmo.

Temo pues que quien da por seguro que no fuiste una prostituta cuando los argumentos históricos son tan dudosos, todavía no haya sabido llevar a cabo aquel programa de J. B. Metz, de ir “más allá de la religión burguesa”. Y me confirmo otra vez en que una de las cosas en que más difieren la fe cristiana y la religión burguesa es en el concepto de dignidad. Más cerca está el cristianismo del molesto Max cuando afirma (en el Manifiesto…) que “la burguesía ha llegado a hacer de la dignidad personal un mero valor de cambio”.

Y si de veras fuiste una “víctima” en el sentido que he intentado describir aquí, cobra mucha hondura la otra escena de tu encuentro con el Resucitado en el capítulo 20 de Juan y aquella sola palabra que te abrió los ojos: “¡María!”. Nada más.

Imagen extraída de: El cuadro del día

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