"Mercè", de José Ignacio González Faus

El jesuïta José Ignacio González Faus reivindica a La Vanguardia (24.9.2009) l'actitud de Pere Nolasc i els mercedaris el dia de la festa major de Barcelona, en lamenta el seu oblit i proposa que l'Església s'emmiralli en el que fou, segons diu, precursor de la llibertat i fraternitat de la Revolució Francesa que deia "mentre hi hagi homes esclaus, ni jo ni ningú som lliures".

 

Tengo algo muy serio que decir en contra de mis amigos de Barcelona: valoran mucho a un Messi, o a una Moreneta, más catalana que mariana, y no saben valorar lo mejor que tienen: que el grito de libertad y fraternidad se dio en el altar mayor de la catedral de Barcelona ya en 1218, medio milenio antes de la revolución francesa. Añadiéndole otro grito de no-violencia, olvidado por los jacobinos de todas las revoluciones, y desconocido también en aquel siglo XIII, que pretendía recuperar la libertad (de santos lugares o de cautivos de los sarracenos) a base de cruzadas y órdenes militares.

El autor de tamaña proeza fue un casi desconocido botiguer,oriundo del sur de Francia, que acabó convertido en mercader de libertad. Llamábase Pedro Nolasco. Vivió de 1183 a 1252; y pasó tan sigilosamente que ha habido que sustituirle con mucha leyenda. Sus mismos sucesores no se llamaron con su nombre, sino con el de su causa, que es la más humana de todas las empresas: mercedarios o misericordiosos.

A los 20 años, Nolasco tuvo en Barcelona la primera experiencia de los cautivos y reaccionó vendiendo casi todos sus bienes para redimir a unos cuantos de ellos. En una época tan dada a coleccionar reliquias de la Cruz, comprendió que la única reliquia auténtica eran los cautivos. Por eso decidió dedicar los beneficios de su comercio a la redención de cautivos. Algunos amigos se unieron a tan audaz empresa. Y el 10 de octubre de 1218 nace la orden de Santa María de la Merced, para redimir cautivos, no con violencia sino con dinero - propio o de limosnas recogidas-,añadiendo un cuarto voto de quedarse en su lugar si faltaba el dinero. En 1231, Gregorio IX aprobó la orden, constituida en principio por laicos, y que sólo aceptó curas en el capítulo celebrado en Valencia en 1317. Pedro oscilaba entre dedicarse a la contemplación o a la liberación, pero comprendió que aquella puede falsificarse sin esta, como esta sin aquella; y consiguió juntar ambas.

Quizás hay pocas hazañas como ésta en toda la historia humana. Y critico que Barcelona sólo haya sabido hacer de ella un nombre de mujer, dejando estéril el patronazgo de una ciudad puesta bajo la advocación de la Merced. Porque ahí anida una importante visión de la libertad (¡la única cristiana!) que se resume en que "mientras haya hombres esclavos, ni yo ni nadie somos libres". Visión que se funda en lo que dice una frase de las constituciones cuando habla de que Dios envió a su hijo "per visitar tot l´umanat litnatge qui en aquest segle era axí com en càrcer catiu en poder del diable e d´infer". Desde esta visión, la perla preciosa o el tesoro escondido de las parábolas evangélicas (que cuando alguien lo encuentra vende todo lo que tiene para adquirirlo), es simplemente el ser humano verdaderamente libre. Y la libertad es absolutamente inseparable de la solidaridad o la misericordia (la merced). Por eso el lema de la orden no será sólo rescatar, sino "conocer, visitar, liberar". Libertad y fraternidad, dirían más tarde los franceses.

Por atractivo que sea el programa, o precisamente por su calidad humana, cabe esperar que las persecuciones no tardarían en llegar. Y así fue: Pedro de Mar, uno de sus primeros ayudantes escribió: "Porque a imitación suya, muchos virtuosos caballeros vendieron sus bienes para emplear su valor en la redención, estas santas y piadosas obras levantaron contra él una violenta tempestad". Esta fue la dura realidad a la que Jaime II de Aragón, en una carta al Papa, da una versión más edulcorada: "Algunos laicos de nuestra tierra, amantes de Jesucristo..., han comenzado vendiendo poco a poco sus bienes y gastándolos en redimir a los hermanos cristianos en cautividad". Aquí no se habla de reacción violenta; pero pensemos cuál sería la reacción de muchos si hoy, a imitación de entonces, algunos amantes de Jesucristo se dedicasen a lo mismo para redimir cautivos de los sarracenos de la banca, o ayudar a los privados del derecho a nacer... "Nada hay más molesto que un buen ejemplo", escribí una vez; y eso podemos verlo en lo que Tirso de Molina, uno de los mercedarios más famosos por su presencia en la literatura castellana, escribió sobre Pedro Nolasco: "todo lo que no era restituir libertades oprimidas juzgaba tiempo ocioso y mal empleado..." Ahí es nada.

Porque, desde este modo de pensar y de proceder, la terrible pregunta de la historia sobre el silencio de Dios ante el dolor y la injusticia, se nos traslada a nosotros. El escándalo del dolor del mundo no es el silencio de Dios sino la indiferencia de los hombres, escribe un comentarista: porque "no es culpa del Campanero si el convento se duerme cuando Él toca la campana...".

La Iglesia dolida por el ateísmo de este siglo, debería comenzar pensando que, algo peor que no buscar a Dios es buscarlo donde no está. Esto podría unir a creyentes y no creyentes; y llevarlos con cierto espíritu peregrino y sacramental a la antigua casa de la calle Canonja, o al hospital de Santa Eulàlia (junto al Palau Reial), donde actuaba Pedro Nolasco hace ya 800 años. Parece que la gran preocupación es que nadie nos quite a Messi o a Iniesta. Pero si Barcelona quiere desprenderse de Pedro Nolasco que lo diga: que a lo mejor lo fichaban en Fuentealbilla.