El sueño de la comunidad cristiana: ¡Mirad cómo se aman!

 

Todo podría ser más sencillo, si de verdad viviéramos al aire del Espíritu; si lo que nos animara a todos los que nos decimos cristianos, fuera la búsqueda del Reino, su anuncio y la justicia, y no las añadiduras.
 
Todos podríamos vivir mejor la comunión, si nos escucháramos mutuamente; si creyéramos de verdad que el Espíritu sopla dónde quiere, y si el amor gratuito limpiara nuestros ojos y purificara nuestros corazones para ver y acoger lo bueno que hay en cada uno, incluso en los que son diferentes o vemos como “enemigos” –si es que los hay-.
 
Muchas veces pienso que si nos amáramos de verdad, nos alegraría la diferencia, y nunca el que piensa diferente, cree de otra forma, tiene un ritmo distinto, o celebra su fe de otro modo, sería visto como una amenaza, como un peligro, o como alguien a quien hay que acallar ¡incluso a costa de la caridad!
 
Si creyéramos que la Buena Noticia del Evangelio de Jesús es para TODOS, y que Dios no hace acepción de personas, estoy segura que nuestro gozo sería grande y nuestra alegría contagiosa; nuestro compromiso sería más generoso y nuestra libertad nos permitiría volar. Se ampliaría entonces nuestro horizonte, nos haríamos más universales, y dejaríamos de arrastrar la vida, como si fuera una carga pesada. ¡Dejaríamos de avergonzarnos de nuestros hermanos en la fe, de aquellos que se autoproclaman defensores únicos de la “verdad”, y de los que pasan de conceptos lejanos para dar paso a la vida vivida con libertad y en plenitud,
 
Si cultiváramos el silencio y la oración para auscultar el corazón de Dios, nos llegarían diáfanos los clamores de los pobres y oprimidos, los gritos a veces silenciosos de los que sufren por cualquier causa y no ven salida a tanto sufrimiento… ¡Y  no podríamos soportar la injusticia!… ¡ Y nos sentiríamos enviados a defender los derechos de nuestro Dios que quiere que todos sus hijos vivan con dignidad, que a todos se les respeten y reconozcan sus derechos!
 
Si hiciéramos el ejercicio de entrar en la habitación, cerrar la puerta y orar al Padre de forma más frecuente, pronto nos descubriríamos recorriendo el camino que nos lleva a la reconciliación y a la paz; el camino que nos devuelve a nuestro corazón, donde mora Dios. Y allí, en el silencio de nuestra casa, de nuestra celda íntima, asistiríamos al encuentro con nosotros mismos, con nuestra verdad y con el Dios de la vida; y allí, sin afán de retener, controlar ni manipular, el ego daría paso a la más auténtica armonía y sin duda se gestaría una fraternidad sin fisuras.
 
En el silencio, cara a cara con el Dios que nos ama y nos envía, desnudos, tal como somos, sin poder que perder, sin espacios que controlar, sin imagen que vender, comenzaríamos a dejar que Dios sea Dios, y de esta manera comenzaríamos a vivir como hermanos, y posibilitaríamos que la gente pudiera decir “mirad cómo se aman”. Entonces, los cristianos podríamos comenzar a hablar con autoridad, con aquella autoridad que brota de la vida que se da y que no espera nada a cambio.
 
Cuando esto ocurra, la gente nos mirará con respeto y tendrá interés de escuchar nuestro mensaje; ya no necesitaremos justificarnos ni intentar convencer a nadie, porque la vida sería nuestro aval.